Reflexiones en línea - El Rincon Cubano

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Por qué me ves como ajeno.

El derecho a la vida es el derecho que reconoce a cualquier persona por el simple hecho de estar viva y que le protege de la privación u otras formas graves de atentado por parte de personas o instituciones. El derecho a la vida no solo protege a las personas de la muerte, sino de toda forma de maltrato o violencia que haga su vida indigna. Así, atentan contra la vida, el genocidio, el terrorismo, la tortura, el secuestro o la desaparición forzada de personas, la esclavitud y los malos tratos.

Usted que cuestiona cualquier elección de vida que no comulgue con la suya. Usted que no considera otra opción que imponer la muerte como solución única ante lo que considera desagravio patrio. Usted que se erige como patriota legitimo y salvaguarda de una ideología incuestionable. Usted que mira hacia otra parte o estimula a quienes ejercen la violencia contra otros que no se avienen a sus designios, le recomiendo tenga la cordura de abstraerse de la obcecación irresponsable que le conduce a no reconocer el derecho a la vida de quienes considera contrarios.

En este mundo globalizado e inundado de tecnología que habitamos hoy, las imágenes vuelan de un punto a otro con inmediatez, nítidas y con total facilidad, aun cuando usted se propone imponer el silencio cómplice. Tristemente he visto unas muy recientes que me han estremecido. He visto llevar al límite del miedo a una familia, incluidos niños, provocado por el desenfreno de un grupo de hombres y mujeres obcecados e incitados por un odio irracional, penetrar en las inmediaciones de una propiedad para realizar pintadas, vociferar ofensas, y corear consignas proselitistas. Pena de horda delirante que mancilla los derechos a la libre expresión.

He visto también a una fiel guardiana del orden público arrebatar de las manos de su propietario un dispositivo móvil que registraba con su cámara el accionar prepotente de otro agente, y no conforme, multarle y arrestarlo, cual émulo de las fuerzas policiales que desde siempre se ha criticado por violento accionar en los llamados países democráticos. Policías y militares en las calles sin mediar otra razón que la inconciencia que da el poder, violentando la paciencia, hace que rebusque entre los poemas que escribiera Nicolas Guillen en sus “Cantos para soldados y sones para turistas” y he aquí el que bien pudiera ser una llamada de alerta ante tanto despropósito manifiesto.

Soldado, aprende a tirar: 
Tú no me vayas a herir, 
que hay mucho que caminar.
¡Desde abajo has de tirar, 
si no me quieres herir!
Abajo estoy yo contigo,
soldado amigo. 
Abajo, codo con codo, 
sobre el lodo. 
Para abajo, no, 
que allí estoy yo.
Soldado, aprende a tirar: 
Tú no me vayas a herir, 
que hay mucho que caminar.

Oniel Moisés Uriarte
Madrid 23 de febrero de 2021
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Patria y Vida, por qué no una opción.

Por qué te ofende ver, en la foto del perfil que me identifica en Facebook, un marco que expresa lo que siento y pienso: “Patria y Vida”, siendo esa la razón más elemental por la que venimos al mundo. No es justo que hoy sigas pidiéndome el silencio cómplice, si sabes bien que no es mi naturaleza. No puedo comulgar más con esa sentencia que exige morir por la patria, cuando la mía que es la misma tuya, se intentó desdibujar de mis derechos al tomar una decisión muy personal de vida y sabes por qué no lo lograron; porque la grabé a fuego en mis entrañas. 

No solo la patria se vive cuando se pisa sobre ella, también se lleva en el corazón, donde es más saludable y mejor se cuida por sus valores y no cuando sobre ella se pisotea por mandato.

Soy tan cubano como tú que me descalificas con el manido juego de palabras que envuelves en consignas y lo haces por pensar diferente a tus enunciados, considerándome así tu contrario y en el peor de los remedios, en tu enemigo, sentimiento que no abrigo.

En las notas de nuestro himno nacional se expresa la dignidad de un sentimiento que bien identifica el proyecto social por el cual, desde su surgimiento, han quedado en el camino tantos y tantos cubanos, a ellos los honramos al expresar “que morir por la patria es vivir” pero no dignifica para nada ese cantar, cuando sabemos que hoy el grito de guerra “Patria o Muerte” es intempestivo, caducado e incita al odio entre cubanos, condenando así a quienes no observan las exigencias del guion único y para los que hoy, irremediablemente: “vivir en la patria, es morir”.

Oniel Moisés Uriarte
Madrid 22 de febrero de 2021


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Reclamo del agradecido.

La historia de un pueblo se escribe día a día y en ella cabe todo aquel que la enaltece, tanto el que en su tierra persevera, como al que se le impone o decide por sí mismo, el desarraigo personal.

Cuando un sistema social consiente que el individuo que ha dignificado su historia, se disipe en la omisión y el ostracismo, es una sociedad condenada a sufrir el latrocinio de aquellos que, valiéndose de tan absurdas negaciones, tienden, ante este, la alfombra del reconocimiento y la valoración, haciéndose acreedores de la gratitud incondicional del que ante el accionar a su favor, se reconoce apreciado. Esa sociedad, sin lugar a dudas, es una nación enferma y urge ser tratada con la más específica receta, que le permita recuperar cuanto antes, la salud como país.

Solo el resentimiento de aquel que, teniendo la sagrada responsabilidad de proteger los valores culturales de una sociedad, es capaz de vulnerar cuantas normas de convivencia conciertan la paz y el respeto entre iguales, resultándole difícil entender, que saber convivir con ello, es virtud y arte, patrimonio de quienes aprenden desde la cuna, la importancia del compromiso y cumplimiento de las normas básicas, que sustenten la armonía de una nación y no pertenencia exclusiva de aquellos que por resentimiento, le agravian.

Al escribir su historia, hay sujetos que merecen ser tenidos en cuenta por la sociedad; el artista, el intelectual y el profesional, a quienes le asiste, fruto del derecho concedido por el reconocimiento popular, ser recordados o mantener vigencia entre sus admiradores, al reunir méritos que les permiten ser incluidos en el glosario que atesore para la posteridad, la obra que representa la identidad cultural de una nación, negarles tal derecho, es falsear la historia, recurso desesperado al que recurre un estado fallido, para amoldar a su beneficio, páginas y protagonistas que menos afecten la maltrecha ideología que mejor les representa.

Un artista, profesional o intelectual que, imprimiendo seriedad y respeto a la creación, pone todo el talento al servicio de la sociedad que pondera su obra, debe recibir, como menos, compensación y reconocimiento, de quienes ven reflejadas sus vidas en la entrega, que solo un virtuoso como él, con el universo que es capaz de generar, puede motivarles. Esos sujetos, por lo que en sí mismos representan para la sociedad, merecen ser apreciados, protegidos y estimulados, nunca deben ser descalificados.

Tomar el camino de la emigración o el exilio, es una decisión nada agradable para quien ha obtenido el reconocimiento entre sus coterráneos y como premio, saboreado la miel del éxito en su tierra natal. Mucho más difícil se hace cuando ha sustentado el triunfo en el esfuerzo y sacrificio personal, el estudio, el trabajo y la tenacidad, esencia misma del que ama y respeta su profesión. Saberse objeto del ostracismo entre quienes se han sentido queridos, es para este, un acto demoledor, inmerecido y condenatorio.

En poco más de treinta años y hasta la fecha, unos, por motivos y decisiones muy personales, otros, por irreconciliables diferencias políticas o sociales, se han ausentado de Cuba, una importante cifra de artistas, intelectuales y profesionales, en su mayoría, admirados y queridos por el pueblo, recibiendo como respuesta por el distanciamiento impuesto, la censura, el descredito, el silencio o en el más crítico de los casos, han sufrido el escarnio público o han sido borrados de la memoria colectiva, por disímiles métodos.

Causa mucho perjuicio al alma, saber que aquellos que dejaron huellas indelebles en nuestras vidas, por ley natural, envejecen o emprenden el viaje sin regreso a otra dimensión, en muchos casos, solos y olvidados en alguna lejana ciudad de este mundo, a donde les han derivado los avatares de sus largas existencias. Bienaventurados los que logran ser rescatados para satisfacción de sus admiradores, desdichados los que aún siguen sumidos en el mutismo y como resortes, saltan en la memoria de los agradecidos, por intermitentes y espaciados momentos de añoranzas.

Insuficiente es lo que podemos hacer, lo sabemos, pero es mucho más que no hacer nada, si somos capaces de traerlos a nuestros días, mostrándoles, a los que nos continúan, el camino, que junto a quienes admiramos en una importante etapa de nuestra existencia, pudimos recorrer, pero mucho más, si les enseñamos el valor que a estos les representa la eterna gratitud que compensa la compañía incondicional, que en sus mejores tiempos nos brindaran.
Hacerlo, es deber sagrado de los agradecidos, reclamo ineludible a la sensatez y a la reconciliación, es el incentivo para salvaguardar lo vivido como guía de lo que podemos hacer mejor, sin mucho más recurso que la vergüenza, las buenas intenciones y por sobre toda razón, la armonía entre un pueblo todo y la necesidad del respeto a su elección, preferencias y decisiones.

¿Lo merecemos?

Oniel Moisés Uriarte 
 Madrid 17 de enero de 2021
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Oda a mi sensibilidad evolutiva.

Te ruego sepas perdonar esta sensibilidad que me hace tan vulnerable llegado a una etapa de la vida en la que mis sentimientos se manifiestan a flor de piel. Puede que en ello influya el hecho de pasar ya las seis décadas de vida, periodo en el que se exteriorizan con mayor facilidad las emociones.
Me descubro ante la melancolía de mis silencios frente a eventuales sucesos que hasta hace relativamente pocos años podía asimilar como algo tan natural como la vida misma y esto quizás sea lo que me convierta irremediablemente en una persona altamente sensible con un mayor nivel de percepción ante estímulos externos o internos manifestados a nivel físico, emocional y social.

Lo positivo de esta alta sensibilidad adquirida con los años, es que me convierte en una persona mucho más empática con los demás, me permite asimilar mejor las emociones de quienes me rodean, a la vez que me obligo a ser más creativo y perfeccionista. En cambio, la desventaja o lo más negativo que enfrento, es que, en ocasiones, cuando no puedo controlar factores externos, me lleva a un incómodo estado de ansiedad que solo remedio aplicándome una significativa dosis de paciencia.

Estas son las razones por las que te pido tú también seas paciente conmigo y puedas perdonar esta melancolía que me embarga hoy. No son ni uno ni dos, son muchos los motivos que me provocan tal estado, los que asumo y como tal me enfrento, pero no puedo mentirte, hay una razón que es la que más me entristece, sensibiliza sobre manera y presupone un considerable peso en mi conciencia y es relacionado con lo que sucede en mi tierra, la tierra donde nací, esa tierra donde descansan mis ancestros, donde viven mis hermanos, mis amigos y la que ya hace muchos años decidí dejar atrás.

Cuba es mi motivación, mi razón de ser y mi anhelo, pero también es mi pesar, lo que más duele en mi alma y me abate irremediablemente al ver la penuria en la que se va consumiendo día a día. Ya no es la misma tierra que en otro siglo habité, porque hoy se ha convertido en una tierra de silencios, oscuridad y tristezas, tierra de carencias y sobrevivientes que pugnan por un amanecer incierto, un futuro sin esperanza y un pasado que se añora no por mejor, sino por haber sido algo más indulgente.

Cuba me ha dejado un gran vacío de afectos, de ellos, muchos son los que, como yo, han preferido poner tierra de por medio, algunos, no pocos, han partido definitivamente, quien sabe a qué dimensión, mientras otros, sin más opción, se han dejado la lucidez en el camino, por el que deambulan hoy, entregados a la feroz vileza de alucinaciones pretenciosas, de volver algún día, a un presente mejor.

Aquellos, que, sin otra elección, han quedado varados en las raíces de nuestra depauperada tierra, envejecer, sumidos en incertidumbres, carencias y tristezas, ha sido la única opción que han recibido por oferta y me aflige verlos errar sin destino, sufrir la negación del derecho a prosperar y recibir una miserable pensión incapaz de cubrir mínimas necesidades.

Me entristece ver como la única alternativa que hoy encuentran los jóvenes nacidos en mi tierra sea, en el mejor de los casos, atravesar, sin retorno, la puerta de salida del aeropuerto o bogar sobre un inseguro mar infestado de hambrientos escualos, ávidos de sangre inocente. Incluyo en este padecer a aquellos que venciendo obstáculos y a base de sacrificios, logran concluir una carrera, sin más aspiraciones, que las coartadas libertades del ejercicio subyugado de su profesión, viéndose obligados a elegir también como mejor opción, la evasión definitiva.

La sensibilidad que de forma vertiginosa ha evolucionado en mí, hace que cada vez me sienta más frágil frente a la melancolía que induce tantas carencias, a la vez que pretende, sin clemencia alguna, doblegar la ya maltrecha voluntad que me asiste. Esta misma melancolía que provoca se nublen mis ojos cuando veo niños, que, desde la más cándida inocencia, demandan un mínimo de sueños vulnerados, provocados por la inexistencia de mínimos recursos materiales con los que pudieran consumarse minúsculas quimeras.

Abatimiento me provoca la desilusión de la madre que por más pretensión que tenga de llevar a la mesa de su prole, el plato ineludible con el que sensatamente poder sustentar la crianza, se ve ante la imposibilidad de cubrir tales necesidades básicas, como resultado de carestías cómplices de errores repetidos, trillados y no asumidos.

Acompaño en su vergüenza, al individuo con decoro, que se ve obligado a inclinar la cabeza ante el imposible de cumplir su rol de padre protector, cabeza de familia o adalid del destino de sus descendientes. Vergüenza que me causa ver cómo tan ineludible responsabilidad es provocada por la insignificante retribución que recibe como fruto de su trabajo y esta no le permite cubrir necesidades básicas que demanda la modesta canasta familiar, viéndose reemplazada por la vergonzosa alternativa de recurrir al auxilio de quien desde el exterior pueda sustituirle en el compromiso que no elude, pero no puede afrontar.

Me conmueve y apesadumbra no reconocer mi ciudad, esa ciudad que con tanto orgullo he llevado por doquier en mis ojos, en mis labios y en el corazón, ciudad que me apena ver sumida en penumbras, escombros, inmundicias, incompetencias, desidia, inconformidades y enfrentamientos. Una ciudad que siempre fue orgullo, hoy no es más que timidez. De una ciudad que un día fuera envidia arquitectónica, hoy sus ruinas causan desdeño, reflejándose en fachadas despintadas, soportales en ruinas, columnas corroídas y edificios devastados. La que alguna vez fuera mi ciudad, hoy me es ajena, siendo esa ciudad de la que un día partí, para convertirme por voluntad propia en su eterno ausente, la que hoy me desgarra el corazón.

Perdona mi sensibilidad, espero que comprendas las razones que me motivan, ya tengo una edad y creo poder permitirme tal sentimentalismo, no me hace mejor ni peor, pero me hace humano expresar lo que pienso y siento. Por leerme te agradezco sinceramente, ¡ah! y fíjate que no te pido compartas mi opinión, solo te pido la respetes como respeto yo tu punto de vista, eso nos hará más dignos y en algún momento podremos encontrarnos en espacio común que lejos de enfrentarnos, permita fundirnos en un fraternal abrazo.

Oniel Moisés Uriarte 
Madrid 9 de enero de 2021
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Reflexión para tiempo de descuento.

Un nuevo año se ha puesto en marcha marcado por la necesidad de dejar atrás a su nefasto antecesor. Hemos despedido el triste periodo en el que una importante mayoría de los mortales nos hemos visto en la obligación de afrontar aislamientos, tristezas, silencios, separaciones, abrazos cancelados, besos suprimidos, sonrisas disimuladas y despedidas solitarias. Una etapa oscura, que muchos preferiríamos borrar de la memoria, por lo que en sí misma ha entrañado.

Con la entrada del nuevo año, una fase muy diferente a todas las antes vividas, se ha puesto en marcha, siendo para la inmensa mayoría, tiempo de expectativas, esperanza e ingente necesidad de volver a lo cotidiano de nuestras vidas, al menos como símil de la normalidad que antes disfrutáramos.

Que tal propósito sea permitido, dependerá de la voluntad de quienes, desde ciertos gobiernos, en manifiesta incapacidad y errores tras errores, se esconden en la injuria y voluntad malintencionada de responsabilizar a sus gobernados, a la vez que culparnos, por las incidencias incontrolables de crecientes e imparables contagios del flagelo, que, en forma de virus, azota hoy a la humanidad.

No voy a recrearme mintiéndome a mí mismo, no lo hice a lo largo del año 2020, no lo hice en el momento de su despedida y no voy a hacerlo ahora, en un año que comienza con tanta incertidumbre y del que por sí mismo, muy poco espero. Su generosidad y desarrollo a mi favor, dependerá de la fuerza de voluntad, ingenio para reinventarme y la constancia que, siguiendo un objetivo, le imprima. No quedando otra alternativa que resetear mis objetivos y mirar los propósitos desde otra perspectiva en los que priorice proyectos realizables en las actuales condiciones impuestas.

Como a tantos, el 2020 me cambió la vida, saturado por informativos en televisiones sin límites de cuotas para retratar el horror y así transmitirlo, induciendo los más impensados miedos que hasta esos momentos de mí vida, por insospechados, nunca habían logrado inquietarme. Cambió mi vida a fuerza de cifras escalofriantes, crudas imágenes, testimonios rebuscados y mensajes tóxicos en extremo. Cambió mi día a día al limitar la movilidad a un mínimo espacio de cincuenta metros cuadrados durante interminables semanas que transcurrían amparados por un decreto institucional en su misión de evitar posibles oleadas, la más socorrida palabra hoy, que obliga y permite restringir libertades ciudadanas.

Como resultado de tal saturación de información, la que de forma voluntaria consumiera, el miedo caló muy hondo en mí en las primeras semanas de aislamiento, logrando inmovilizarme frente a la pantalla del televisor para intentar entender, a la vez que asimilar, todo cuanto acontecía como resultado de un virus que se extendía de forma indetenible y en su paso arrollador iba sumando cifras de contagios y descontando vidas inocentes que se iban apagando en la más absoluta soledad. Desde entonces, el tiempo ha transcurrido muy lentamente, los contagios han aumentado y las víctimas se han multiplicado, cuando ya parece que estamos saliendo, volvemos al punto cero y a comenzar de nuevo, algo que ya por habitual, nos alecciona para convivir con ello.

El no saber cuánto puede extenderse en el tiempo la situación actual que vivimos, no es razón para renunciar a mis necesidades básicas de convivencia, de comunicación interpersonal e interrelación social, aun cuando en ello vaya implícito, como remedio infalible, el uso del método más recurrido hoy en Internet, las redes sociales y en ellas me sustente, para de forma racional, conservar la tan necesaria sensatez que se requiere en tan excepcional momento que me está tocando vivir.

Reinventarme, es la única solución en mis manos para buscar nuevas alternativas que ocupen tiempo y mente, aunque en ello no vaya implícito el resultado económico requerido para cubrir necesidades todas y sea la mejor forma de esquivar consecuencias adversas, resultado de la presión que incertidumbre y despropósitos me van poniendo por delante. Así enfrento el nuevo año, siendo consecuente con la necesidad impuesta por los tiempos que corren.

¿Qué todo esto pasará? No cabe duda. ¿Cuándo pasará? En el momento que mitigue la agresividad no solo del virus, también la de aquellos que ven en el poder, formas de control a imponer, que desvíen la atención de temas vitales. ¿Cómo pasará? Adaptando mi vida a las exigencias del momento, para definitivamente convivir, como desde siempre lo he hecho, con otros tantos flagelos como el que actualmente me condiciona.

Optimismo, motivación, pasión, interés, disposición, claridad y sobre todo mucha fuerza de voluntad, serán sin lugar a dudas, factores que me acompañarán a lo largo de este año del que acepto su reto, aun cuando para recorrerlo, me vea precisado a estrenar, con seguridad y convencimiento pleno, mi estrategia para enfrentar esta nueva etapa: “Vivir en tiempo de descuento.”

Oniel Moisés Uriarte
Madrid, 5 de enero de 2021.

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Confianza en un amanecer patrio.

Urge en mí, sin eludir compromiso propio, la necesidad de confiar en la ingente capacidad de cubanos todos, para asumir la cuota de responsabilidad histórica, que nos corresponde cuando la patria demanda la unión de sus hijos.

Espero de quienes en sus espaldas recae la responsabilidad de hacer digna la vida de un pueblo que reclama, en legítimo derecho, ver cumplidas promesas forjadas al calor de momentos de euforia y transformaciones que auguraban un futuro mejor, no pongan objeción a tal demanda, ofreciendo la respuesta mesurada que, convenza, mitigue y reconozca como semejantes y no contrarios, a quienes hacen de su día a día, una constante búsqueda de soluciones paliativas a carencias objetivas. También confío que aquellos que han sido agraviados por disentir decretos, tengan la capacidad de eximir de culpa a quienes, de forma absoluta, han impuesto obediencia a sus criterios.

Si hoy, es responsabilidad de todos los cubanos, salvar la patria, ineludible es llegar al consenso entre los que sueñan una Cuba mejor y quienes nunca han vedado el derecho a soñar, pero han considerado afrenta compartir sueños que no comulguen con sus doctrinas. Quizás no sea tardía la semilla que sembremos, si intentamos plantarla entre todos, seguramente la cosecha que recojamos bien podría garantizar el buen reparto. Demos la fuerza a Cuba que hoy necesita y hagámosla entre todos, resurgir como la que alguna vez fuera, pura y renovada.

Pero para que esto llegue a suceder, tendríamos primero que sentir la necesidad de formar parte del pueblo culto que alguna vez pudimos ser, porque solo así aceptaríamos al de al lado, no como ajeno, sino como propio o como igual, asumiendo que aplaudirle por su talento, valor u osadía, no es acto que nos humille, sino que nos honra. Podemos o no, estar de acuerdo con la forma de pensar de quien se reafirma en sólidos principios, pero cuando prima el respeto ante una opinión, con discrepancias, pero sin alharacas, sin burlas, sin ofensas, sin agresión ni violencia verbal, podremos exigir el mismo respeto por la nuestra, que debe ser también escuchada en igualdad de condiciones, ante la lección de pudor que solo el silencio, es capaz de transmitir.

Quien no respeta derechos, no debe exigir se cumplan los suyos. Respetémonos primero nosotros mismos, respetando a nuestros compatriotas, solo así es posible sumar la fuerza moral necesaria, con la que podamos demandar reconocimiento al derecho que nos asiste, en cualquier lugar de la tierra donde nos encontremos, que es hacer respetar a fuerza de sensatez y firmes argumentos, el derecho de todo un pueblo a decidir con dignidad su destino. De un pueblo enérgico como el nuestro, no cabe esperar otra respuesta que el respeto a su historia y que esta, nos restituya la confianza en un amanecer patrio.

Oniel Moisés Uriarte 
Madrid 22 de diciembre de 2020.

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Diálogo íntimo con la madre ausente.

Madre, buscando la cálida imagen que, en la Habana, nuestro balcón nos regalaba cada amanecer, hoy, al saltar de la cama, he mirado a través de la ventana de la habitación y he visto muy diferente la calle que desde hace más de quince años ha estado ahí, frente a mí, imperturbable y fría a tan temprana hora de la mañana del invierno más sombrío que haya vivido en Madrid y el hecho de no reconocer mi calle de hoy, puedo asociarlo a la necesidad de caminar cada rincón de la ciudad que me viera nacer, aunque sea sustituyéndola en mi mente, por esta donde habito.

Desde siempre, mucho he echado en falta esa Habana que siendo muy pequeño se metiera muy hondo en mi piel gracias a usted madre y como no podía ser de otra forma, el haberme marchado de ella hace más de veinte años, fue sin dudas la más perentoria decisión jamás tomada. Atrás dejé mis raíces, solo cuando su inmenso corazón dejó de latir, le confieso hoy que su presencia era la única razón que me ataba al desatino de una década que desde sus comienzos se perfilaba convulsa. No eran necesidades materiales lo que me removía, eran las consignas insustanciales llenando las calles de una ciudad oscura y agónica, la falta de silencios, cuando sobraban discursos envueltos en premeditados intentos de desviar la atención de las más fundamentales carencias y el hecho mismo de ver como la honestidad, el civismo y el decoro iban cediendo espacio a los más bajos instintos que a una sociedad puedan representar. Comenzaba entonces el desvarío que se extiende ya por más de treinta años con título identitario; “Periodo Especial en tiempos de paz”.

Perdone usted mis palabras madre, pero no concibo, en su ausencia física, otra forma de expresarme, sabe que siempre así lo hice, o no recuerda aquella conversación nuestra en los albores del aciago año noventa, cuando su cuerpo ya no resistiría el peso de un corazón maltrecho y en ella le revelaba los últimos acontecimientos acaecidos en países donde años atrás se implantara un sistema social que bien pudo considerarse el más justo y como papel copiado se había instaurado en nuestro destino. Ya para entonces, por sus propios errores, se desmoronaban postulados que no se sostenían por insustanciales, mientras en la isla buscábamos, sin salirnos de la senda infructuosamente recorrida, otra forma de justificar la necesidad de una continuidad histórica.

Sé que a usted madre, aquella conversación le pudo servir para entender la cruda realidad que enfrentaba el hundimiento de lo que hasta ese momento significara una sólida ideología, pero por respeto a sus principios, la entrega en cuerpo y alma a la causa en la que creía y sus convicciones políticas, entendió oportuno intentar ver el lado positivo de una decadencia anunciada.

Para su orgullo madre, nunca he sido, no soy y no seré jamás, usurero de ideas impostadas por una cuenta corriente que influya en mi definición de patria. Quiero lo mejor para los nuestros y lo digo sin resentimientos, para todos, porque todos somos dueños de nuestra verdad, de nuestra historia y de nuestro futuro. La isla es de todos los cubanos nacidos en esa tierra y de quienes hayan adoptado su nacionalidad, Cuba es de los que tomamos el difícil camino de la inmigración y de los que en la isla quedaron a la espera del momento que las promesas dejaran de ser solo promesas sobre papel escrito o arengas en discursos manidos, para ser realidad cotidiana.

Cuba hoy, más que en toda su historia, necesita del conjunto de todos sus hijos, cuando el mundo, cual alud, rueda sin frenos, arrastrado por la irreflexión de falsos creadores de dogmas y modernidades, realidad que a los cubanos no nos es ajena. Por qué entonces madre no puede abrirse, allí en nuestra tierra, la tierra de todos los cubanos, espacios de convivencias, por qué no dejamos que la inventiva y la creación reemplacen la invalidación por decreto de tan necesarios y útiles recursos humanos. Madre, quienes tenemos al alcance de la mano lo indispensable para vivir, sabemos lo útil y necesario que se nos hace en nuestro día a día, para quienes del día a día hacen de lo indispensable, algo necesario para poder vivir con lo que alcanzan, no es nada útil, no es nada fácil madre mía. No es justo ni humano tantas carencias, por qué no permitir entonces que al menos intentemos atenuar tan precaria actualidad sin que ello signifique alimentar la pasividad de quien no tiene otra opción, que la espera por la dadiva que llega a través de una fuente externa, muy ajena al resultado que con esfuerzo propio se pudiera obtener.

Hoy ya no espero nada madre, en lo personal, he sobrepasado esa franja de edad que usted fijó para su partida y ya voy en tiempo de descuento, solo me apena que usted en silencio haya comprendido que aquel éxtasis, que hace más de seis décadas, alimentara sueños de vivir en un lugar único y mejor para todos los cubanos, no fueran más que promesas que no se cumplirán, porque la voluntad es incompatible con las ambiciones.

Volveré a la cama madre, mejor retomar el sueño y prefiero me acompañe hasta que me duerma, alisando el escaso cabello que el tiempo transcurrido desde su partida se ha empeñado en blanquear, seguramente arropado en el edredón de plumas sienta el mismo calor de aquellas noches habaneras que usted con su ejemplo me enseñara a afrontar sin lujos y con austeridad. Gracias madre por entenderme y estar a mi lado siempre, aún en su ausencia.

Oniel Moises Uriarte 
Madrid 19 de diciembre de 2020.
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Reflexiones para un año que agoniza.

Cuba me duele como nunca, me lacera y entristece, con el mismo dolor que se siente al ver a un ser querido languidecer en su lecho, convulsionar y retorcerse entre estertores que estremecen.

Cuba me agita en su desatino e incierto recorrido por el que ha avanzado hacia el desconcierto, ocupando mi tiempo en una vigilia que podría experimentar como un estado de ánimo pasajero si no fuera por lo que ya dura en el tiempo; sesenta y dos años de distribuir migajas entre muchos y privilegios entre pocos.

Entonces me acusas de no serle fiel y entrañar rencor. ¿Cómo piensas que puedo odiar lo que más quiero, lo que me hace más fuerte cada día y me acompaña a afrontar carencias inmateriales en tanta lejanía? No siento odio y nunca lo sentiré, porque mi naturaleza lleva el ADN del amor bajo la piel y puja por emerger, cual tatuaje grabado a fuego, con dedicación y nobleza, por quien engendró en su vientre durante nueve meses, mi corazón.

¿Cómo voy mancillar mis recuerdos de infancia y ofender la historia que aprendiera de memoria, devorando libros en noches interminables de mi adolescencia? No podría hacerlo, sería mancillar la memoria de quienes sustentaron con su ejemplo mi definición de patria.

¿Cómo podría negarle mi mano, mi apoyo y mi fuerza cuando ella lo requiere? Nunca, mi disposición desinteresada me precede, porque desde muy pequeño asimilé sus mejores enseñanzas. Crecí creyendo en las ideas, no en ideologías, porque las ideas hacen grande las mentes buenas, mientras las ideologías empequeñecen voluntades. Aprendí que es más justo quien vive para servir, que aquel que solo es capaz de servir para obtener, a conveniencia, lo que le facilite vivir, acto que solo le convierte en un ser ruin y servil.

Cuba me duele desde el clamor de quienes han tenido que conformarse con despojos, mientras los oídos del despropósito han escuchado cánticos de lisonjas que han conducido a un pueblo próspero y culto al estado de deterioro social en el que se ve sumido.

Es tiempo de unir, no de denigrar, época de dejar de incriminar las ansias de crear. Es la hora de fundar un estado de bienestar sin inculpar al que disiente. Es un momento único y necesario por el bien de todos.

Y a ti, que me imputas por infidelidad, siento mucho que mis palabras te causen tanta molestia, como también siento mucho que me veas como ajeno o contrario por no comulgar con tu forma de pensar. Yo no soy tu enemigo, puedes darlo por seguro. Tu eres honrado porque dices lo que piensas, yo no soy menos honrado por no decir lo que tu piensas, como tampoco dejan de ser honrados quienes hoy se pronuncien en favor del diálogo y la libertad de expresión. Te guste o no, todos somos cubanos, tan cubanos como tú y como yo, con el derecho adquirido a opinar. ¿Es tan malo eso? Si tan fácil es que la opinión pueda desestabilizar un sistema social, entonces revisemos las bases de esa sociedad, algo debe estar fallando. A ti te exonero de culpas, porque no me cabe duda, es muy común que el ser humano piense como vive.

Oniel Moisés Uriarte
Madrid 17 de diciembre de 2020.
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"Recurriendo a Martí"
A propósito del Movimiento San Isidro.

Si no expreso lo que pienso y siento, llegado este momento de máxima tensión que se vive en la Habana, suscitado por el accionar de los artistas cubanos reunidos frente al Ministerio de Cultura, quienes en apoyo al reclamo del Movimiento de San Isidro han alzado sus voces para reclamar el derecho fundamental de todo hombre a la libre expresión, no sería honesto conmigo mismo. Hoy en tales circunstancias, cobra más vigencia la palabra de nuestro Apóstol José Martí al expresar: “La libertad es el derecho que tienen las personas de actuar libremente, pensar y hablar sin hipocresía”.

El hecho en sí mismo ha podido causar indignación en aquellos que inmutables han visto como otros, con o sin razón, se han jugado la vida sin temor a perderla en el intento, reclamando el derecho del silenciado, que también, logrado el propósito, se beneficia con el resultado que pueda ser conseguido a través del reclamo pacifico. Mientras, les es mucho más cómodo, fácil y seguro alabar las glorias del que ostenta el poder de la fuerza.

Estaría de acuerdo con tal indignación, considerándola coherente y totalmente fundada, si los que defienden ideas en las que no se corre el riesgo de cruzar líneas rojas, reconocieran el derecho a manifestar sus opiniones aquellos que haciéndolo saben que puede costarles la salud, la libertad o en el peor de los casos, la vida. Cito otro pensamiento de Martí que bien ilustra lo antes expuesto: “Los hombres sensatos, y de práctica verdadera, no pierden el tiempo en derribar lo que está caído, ni el honor en mancillar a los que lo tienen”.

He leído el reclamo que como manifiesto presentaron los jóvenes artistas que a lo largo de más de siete días se encerraron en el número 955 de la calle Damas del barrio de San Isidro en la Habana y he seguido las noticias del desalojo forzoso, esgrimiéndose la razón de salvaguardar la salud de quienes se encontraban en el interior del inmueble amenazados por las condiciones sanitarias propicias a la propagación del COVID-19. Leí la noticia de la concentración de un considerable número de artistas frente a la sede del Ministerio de Cultura de Cuba y la acertada y coherente decisión por parte de la máxima autoridad de la institución de recibir a una representación de los que se manifestaban. Después de todo esto no sería coherente hundirme en silencio cómplice.

He leído la columna escrita por el periodista Raúl Antonio Capote para el periódico Granma Internacional y he sentido vergüenza por el tono de enojo utilizado en sus argumentos en intento de denigrar a aquellos que no comulgan con sus ideas, a él lleguen sin enojo ni indignación por mi parte, estas palabras del pensamiento crítico de José Martí: “Sólo los débiles se enojan. El hombre fuerte, aun al caer, sonríe. El deber cumplido da una luz que no brota jamás de la vida, ni de la tumba, de los que lo esquivan. Guardemos el enojo para nosotros mismos, por si no nos llega la virtud a la obligación: aunque llegará”.
Hoy, no pudiendo callar ante un hecho tan evidente de inconformidad por parte de aquellos de quienes llevo años defendiendo su arte, trayectoria y obra artística, al menos intento sacudirme del mutismo que intenta ahogarme, como opción, recurro en busca de un poco de sensatez, a la obra del maestro y me deleito con la vigencia de su ideario. Es esta la razón por la que aún sin conocer a ninguno de los jóvenes artistas que iniciaron el movimiento de San Isidro les agradezco por haber tenido la valentía de asumir esa actitud y dedico estas palabras de Martí:

“Esta es nuestra labor. Vimos ese deber, abandonado de los demás, y lo estamos cumpliendo. Más gloria no queremos que cumplirlo. Sólo en el cumplimiento triste y áspero del deber está la verdadera gloria. Y aun ha de ser el deber cumplido en beneficio ajeno, porque si va con él alguna esperanza de bien propio, por legítimo que parezca, o sea, ya se empaña y pierde fuerza moral. La fuerza está en el sacrificio”.

Para quienes no quieren ver más allá de lo que todo este movimiento de artistas puede representar en un futuro inmediato, pero optan por callar, el silencio les honra. Para aquellos que lo apoyan y se identifican con sus reclamos, es muy loable la actitud. Para los que consideran oportuno elevar el discurso enervante, denigrante y ofensivo solo se me ocurre recurrir una vez más al pensamiento martiano:

“Los que no tienen el valor de sacrificarse han de tener, a lo menos, el pudor de callar ante los que se sacrifican, o de elevarse, en la inercia inevitable o en la flojedad, por la admiración sincera de la virtud a que no alcanzan. Debe ser penoso inspirar desprecio a los hombres desinteresados y viriles”.

Perdonen mis amigos todos, con los que me siento a la mesa sin preguntar sus tendencias políticas o religiosas, es el arte lo que está en juego y un pueblo que no defienda el arte está condenado al olvido histórico. Quienes me juzguen, sepan que hoy más que nunca abrazo el pensamiento del más grande de los cubanos tantas veces recurrido y tal como lo hiciera José Martí hace más de un siglo en un artículo publicado en el periódico Patria, el 22 de septiembre de 1894, con el título: El lenguaje reciente de ciertos autonomistas, si me lo permiten, me gustaría cerrar ésta, mi reflexión de hoy:

“El templo está abierto, y la alfombra está al entrar, para que dejen en ella las sandalias los que anduvieron por el fango, o se equivocaron de camino”.

Oniel Moisés Uriarte
Madrid Enero de 2021


 
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