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Ver para creer

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Ver para creer, esa es la cuestión.
¿Frank el gordo, un fenómeno paranormal?
Por Oniel Moisés Uriarte.

Yo le conocí y pude ser testigo de las cosas tan extrañas que en sus primeros años de vida experimentara en carne propia, quien fuera más que un amigo, un hermano mayor. Respondía al nombre de Frank, quien fuera desde muy pequeño, un niño alto y robusto para su edad. Llegado a los 14 años ya destacaba entre sus compañeros de estudio por una cautivadora figura. Negro de piel y de rasgos bastante finos, con su presencia cautivaba a las mujeres de forma fácil.

Nacido en el seno de una familia muy comprometida con el proceso revolucionario, al entrar en la adolescencia, comenzaron a aparecer síntomas en su conducta que preocupaban y ocupaban a Papito y Fara, sus padres. Por momentos caía en espasmos que convulsionaban su cuerpo y que muchas veces terminaba por el suelo, comenzando a hablar con acentos y tonos de voz muy diferentes a los que le identificaban. Esta situación pasó a mayor cuando le decía a sus padres cosas que ellos consideraban incoherencias, resultando que en su consideración, Frank debía ser atendido por un psicólogo y a él le remitieron.

Era mucha la presión que ambas partes recibían, unos, por no entender lo que sucedía y el otro, por no entender que ellos no entendieran, lo que él estaba experimentando desde hacía ya un buen tiempo, y sucedió entonces, un desenlace que pudo terminar de forma fatal, ya que Frank, un día que se negara a escuchar la prohibición de su madre, de no subir a empinar papalotes, caía desde la azotea de su casa, en la calle Peñalver, hasta dos pisos más abajo y para suerte de todos, caía de pie, con el consabido resultado de un ingreso en ortopedia y un diagnostico muy serio, en el que se planteaba que era imposible volviera a caminar.

Caballero, uno de los más reconocidos ortopédicos por entonces en La Habana, quien le operara y siguiera su evolución, solo le quedaba realizar una prueba que consideraba vital, para saber qué realidad afrontar en la futura movilidad de Frank. La prueba consistía en golpear con un pequeño martillo, las prótesis de metal, que había colocado en los dos pies, considerando que de los 26 huesos que conforman el pie de los humanos, los cinco grupos del metatarso y los siete del tarso, entre ellos los del astrágalo y el calcáneo los más afectados, al caer todo el peso de su cuerpo sobre ellos, los redujo casi a polvo. Esta era la razón por la que en el mes que llevaba en cama tenía que hacerlo boca abajo, quedando a la vista de los yesos colocados en ambas piernas, los talones hacia arriba con dos pinchos que salían desde la carne.

Si al cirujano golpear los hierros, la reacción era de dolor, entonces podía haber una mínima esperanza de que Frank volviese a caminar, pero era una probabilidad entre mil, porque lo normal, era que no tuviera sensación y por tanto no respondería al estimulo. Cuando ya todos estaban preparados, menos Frank, que era el único que no sabía lo que iba a acontecer en la habitación, el doctor Caballero con la fuerza precisa para no causar más daño, le golpeo el pie derecho. Pasaron los segundos como si fueran años, como si el tiempo en aquel cubículo se hubiera detenido para siempre, no pasaba nada, todos se miraban expectantes y cuando ya en los rostros se dibujaba la frustración, por todo el edificio del hospital Calixto García, donde se hallaba ingresado, se escuchó un grito de dolor, que nunca antes, a nadie le hubiera podido ocasionar mayor placer, que causar semejante daño, si no hubiera sido para lograr un milagro como el que acababa de suceder allí.

Frank se recuperó de aquellas lesiones, de una forma tan categórica, que llegó a ser, junto al bailarin Rafael Hernández, coreógrafo de la comparsa que representaba cada año al Sindicato de Trabajadores del Transporte, en los carnavales habaneros. Frank era el ser más activo que he conocido en mi vida, incombustible, incansable, perseverante y audaz. Para completar, con los años, fue desarrollando una clarividencia tal, que sumaba seguidores que iban a su casa, buscando el remedio para algún mal o sencillamente para aclarar, situaciones de presente y futuro, que con mucha responsabilidad este atendía.
Tengo que reconocer que yo fui uno de las personas que confiara en sus predicciones, porque de ello me dio prueba cuando me avisara allá por el año 1977, que un hecho inevitable tenía delante de mí y que sería un golpe tan fuerte que me costaría recuperarme. Y así fue, días después, en un trágico accidente ocurrido en la carretera de Las Tunas a Bayamo, perdía la vida la persona con la que tenía planes de matrimonio a corto plazo.

Como estas, menos trágicas por supuesto, fueron las cosas que sucedieron en nuestro entorno, siempre advertidos con anticipación por Frank cuando caía en sus cada vez más habituales trances, pero como los que compartíamos la vida cotidiana con él y hasta él mismo, lo veía como casualidades, poco caso le hacíamos, hasta que nos dábamos de narices con los hechos.

Frank abandonó la isla en el 80 y hasta pasado más de treinta años nunca más tuvimos contacto. Sabíamos de él en el primer año por las constantes llamadas a Cuba que hacía para seguir atendiendo a sus seguidores. Ya después supimos que tuvo a bien la providencia poner en su camino a una niña que había quedado inválida y que a su propuesta el padre accedió a que Frank le atendiera, resultando que la niña, hija de un rico hacendado mexicano, volviera a caminar y este en agradecimiento por lo que consideraba un milagro, lo colmó de todas las atenciones para que nunca le faltase nada material en la vida.

Así, muchos que tuvieron la suerte de volver a verle, dijeron que era como si Barry White tuviera un gemelo de origen cubano. Cierto es que ya viviendo en Cuba, Frank era muy excéntrico en el vestir y muy vinculado al mundo de la farándula musical, tal vez de ahí el símil con tan gran artista, además del extraordinario parecido físico. Yo le sigo recordando, como lo que siempre fuera para mí, el buen amigo del que tanto aprendiera, confiara y respetara y que tanto me cuidara, alertándome de cualquier hecho que pudiera afectarme en lo personal. Hace más de cinco años supe que tuvo un accidente cerebral y nunca más he podido conocer detalles del desenlace de su vida, de cualquier forma confío en que haya estado siempre bien acompañado. 

Que su vida entera fuera un fenómeno paranormal o no, es algo a consideración y elección de quien lo valore. Yo prefiero en reciprocidad y en consecuencia con lo que para mí siempre representara, respetar sus actos ante la vida que le tocara vivir.

 
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