Moda de los 70 - El Rincon Cubano

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Moda de los 70

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Un moda que fue incomoda.
Los setenta marcaban tendencias.
Por Oniel Moisés Uriarte.

Que hoy tenga en el armario cuanta ropa se pone de moda, no me hace olvidar aquellos años en Cuba, cuando con quince o dieciséis años pretendía vestir al último grito, que desde Europa o Estados Unidos nos llegaba. Fue algo surrealista lo que tuve que hacer para lograrlo, como cualquier hijo de vecino en mi época de adolescente.

Por entonces la moda era marcada por el uso de pantalones llamados corte inglés, las camisas de nylon bien ajustadas, o las muy populares Manhattan, los zapatos plataformas y el corte de pelo a lo afro. Aquellos artículos no estaban al alcance de todos y para lograrlos había que inventar de lo bueno o tenias que dejar volar muy alto la imaginación.
Los sastres volvieron a resurgir, el oficio que había caído en desuso, en muchos casos era la solución más inteligente a recurrir, consiguiendo un trozo de tela podías llegar a tener el ansiado y pretendido pantalón corte recto o la camisa de exóticos estampados. En el caso de no encontrar la fórmula para hacerte de una tela que diera el tamaño para las anchas patas que el corte requería, podías entonces apelar a agregarle al pantalón que tuvieras a mano, una quilla o cuña de tela parecida. La camisa tenía mejor solución, cualquier prenda blanca podía servir, para ello seleccionabas las fotos que más te gustaran de la revista bohemia y con una plancha caliente la prensabas sobre la tela y obtenías una impresión color naranja. Si querías estar a la moda del por entonces llamado movimiento hippie, a cualquier pullover blanco le atabas con varios trozos de soga y lo sumergías en agua con añil, al secar retirabas las sogas y resultaba una pieza con muchos aros blancos irregulares.

Las zapatos plataformas tenían varias formas para hacerse con ellas, de las que en lo personal, utilicé solamente dos de ellas, una, recurriendo a un zapatero que me confeccionaba la base y el tacón con madera y los forraba pegándoles al zapato que tenía a mano, la otra, era cortando con un cuchillo bien caliente, la suela de los por entonces muy conocidos y extendidos entre la población estudiantil, “kikos plásticos”, formando capas según la altura que quisieras darle a mis plataformas.

Para mantener los cabellos al corte afro tenía que pasarme mucho tiempo con una peineta en la mano desenredándolos y rociándoles con laca. La peineta la hacía con un trozo de madera y cortando un perchero de alambre para hacer los dientes largos que permitían peinar hacia afuera mi caprichoso pelo rizado. Artículo que no pocos problemas me trajo y que fueron varias las que me quitaran los policías que velaban por el orden público en las fiestas de carnavales, por ser consideradas elementos peligrosos o armas punzantes.

Fue una época dura para quienes pretendíamos seguir la moda, en mi caso, en una etapa de mi adolescencia, llegué a tener un solo pantalón a cuadros, una camisa de nylon blanca bien ajustada y una plataformas marrones bastante altas, que solo vestía los sábados para ir a bailar al Liceo de la Habana Vieja o acudir a alguna fiesta de quince o “motivito” al que me invitaran. Aquél vestuario festivo le llamaba “mi unicornio”, no había más y con ello “iba en coche” frase muy utilizada por entonces.

Muchas veces asociando a estos recuerdos he apelado al tópico, “pero era feliz”, algo que no es cierto, no puedo mentirme a mí mismo, porque mi madre no lo era, ella que luchaba de forma incansable para darnos lo mínimamente necesario, sufría la impotencia del no poder.

Entonces yo no podía ser feliz, sufría en silencio para no dañarle, pero sé que ella lo sentía y también le afectaba, pero no había otra salida que asumir lo que la situación que vivíamos nos imponía. Situación social que cada día se agravaba y que buscando al culpable de tantas privaciones solo nos quedaba mirar al norte y culpar al incomodo vecino, del despropósito en el cual nos íbamos sumiendo como sociedad. Mientras, en una de las escuelas que más anhelaba cualquier padre para su hijo y en la cual tuve “el privilegio” de estudiar por aquellos años, mis condiscípulos, hijos de funcionarios e importantes dirigentes, no carecían de lo más mínimo y ostentaban de las posibilidades materiales y económicas que disfrutaban y ya por entonces aquel status social comenzaba a alejarles de la cruda realidad que vivíamos la gran mayoría de los muchachos hijos de los más humildes componentes de una sociedad afectada por el despropósito manifiesto, cuando se extendía, no para todos, el discurso de la igualdad de derechos ciudadanos.




 
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