Los Industriales - El Rincon Cubano

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Los Industriales

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El color azul de mis años juveniles.
Industriales, mi equipo de beisbol. 
Por Oniel Moisés Uriarte.

No quisiera parecer regionalista al citar en mis recuerdos una de las grandes pasiones que tuve desde mi adolescencia hasta pasada ya una parte importante de mis años de adulto, pero al tratarse de sentir por un color representativo del equipo de beisbol de la ciudad que me viera nacer, entonces escogí el azul y blanco de los Industriales.

Industriales en el beisbol cubano no era un equipo más, era el equipo a derrotar, el elenco más antiguo de los que participan en las Series Nacionales de Béisbol y el que más admiradores y detractores tiene en el país. Ganarle en el campo, al menos hasta donde viví con intensidad la pasión por la pelota, era el sueño de cualquier lanzador, viniendo su reconocido merito desde el ya remoto año 1963, cuando fue creado 
como equipo amateur y ganara cuatro series seguidas, las de ese año 63 y las del 64, 65 y 66, estableciendo un record que no ha podido superar ningún otro equipo del beisbol cubano.

Muy pequeño empezó mi pasión por los Industriales, afianzándose aun más a partir de la primera vez que cruce la entrada del viejo estadio del Cerro reformado en el nuevo estadio de la capital, el Latinoamericano, desde entonces fui un habitual espectador junto a mi hermano mayor, llegando a tener ubicación permanente en las gradas detrás del Home, lugar donde todos éramos los mismos siempre y nos guardábamos los asientos.

Puedo contarle a las nuevas generaciones de cubanos y amantes del beisbol que tuve el privilegio, como tantos otros de mi generación, de ver jugar en el Latinoamericano a los más grandes peloteros cubanos, tanto del equipo Industriales como de todos los que integraban el campeonato nacional, razón por la que no sería justo dejar de evocar a los integrantes del equipo que tanto me hizo disfrutar en mis años mozos, con solo citar a la bien llamada “tanda del terror” estaría bien y me sentiría satisfecho. No crean que pocas veces fueron las que me puse en la piel de los lanzadores contrarios cuando tenían que enfrentarse aquellos bateadores. Por solo citar algunos recordaría a Antonio “Ñico” Jiménez, con sus toques de bola que le convertían en un bólido para alcanzar la primera base y así conseguir que la jugada fuera un hit, a Eulogio Osorio “cara é vieja”, zurdo peligrosísimo que le conectaba a cualquiera, Armando Capiró el espigado, respetado y querido pelotero cubano que tantas glorias le diera al equipo Cuba, Raúl Reyes, el único jugador que llegara a conectar tres jonrones en un mismo encuentro, dos de ellos con las bases llenas, Agustín Marquetti, el zurdo de oro, jonronero por naturaleza, Pedro Medina, el receptor que le desaparecía la bola al mejor de los lanzadores contrarios, Urbano González, Rodolfo Puentes, Germán Águila, todos grandes, que luego dieron paso a jugadores como Anglada, Javier Méndez, Germán Mesa y así, una lista interminable de grandes estrellas.

Pero como de evocar grandes momentos de aquellos años se trata, nada como las carreras detrás de la ruta 61 que bajaba por la calzada de Monte rumbo al Cerro y ya allí apurar el paso entre la muchedumbre por la empinada calle que desemboca en la puerta principal del estadio, vislumbrando casi desde la calzada, la intensidad de las luces de su torres y el griterío de los aficionados, para entrar y sentir el impacto del olor inconfundible de las pizzas y el café recién colado y ya dentro en las gradas dejarnos llevar por la magia que conforman las luces, el contraste del color verde del césped siempre bien cuidado y el rojizo de la tierra de la llamada media luna, bien alisada del terreno, la música de alguna orquesta que amenizara la noche, las ocurrencias de “Armandito el tintorero” dirigiendo inquieto sobre el techo del dugout ubicado en tercera base, cueva de los Industrialistas, al publico que respondía o repetía a coro sus consignas. Recuerdo a “Jorobita” el primer “cargabates” del equipo, la salida de los árbitros al terreno bajo el abucheo de todo el estadio con gritos como aquel de “ampaya cuchillero”, pero lo que más impresión me causaba era el momento en el que el terreno del estadio se teñía de azul con la salida de los peloteros de aquel mítico equipo Industriales, para luego al unisono todo el publico reunido en el coloso del Cerro ir dando las dos palmadas deportivas tras la presentación por la amplificación local de la alineación oficial que jugaría el partido en esa ocasión.

Son recuerdos que van muy dentro, arraigados para siempre en mi memoria y mi corazón, los que cada rato debo sacar para airearlos, darles nuevamente color, olores y vida, esa es la razón por la que soy feliz conmigo mismo, porque mis recuerdos, buenos o malos, nunca me abandonan.


 
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