Los Carnavales - El Rincon Cubano

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Los Carnavales

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Acreditado en la diferencia.
El carnaval habanero.
Por Oniel Moisés Uriarte.

Que los carnavales habaneros no se parecieron nunca a ninguna fiesta popular de otro pueblo o ciudad, dentro o fuera de Cuba, es una verdad como un templo. El sabor de su música siempre fue único y diferente, resultado de la presencia en sus festividades, de las más reconocidas orquestas del país, con las que se podía escuchar los temas musicales más populares del momento que estas agrupaciones interpretaban.

El colorido y la originalidad del vestuario que lucían las comparsas que participaban en los desfiles, apoyadas en las bien elaboradas coreografías, daban al paseo una elegancia que hacia especial los carnavales de la capital cubana. Completaban esta fastuosidad, las luces multicolores de las espectaculares carrozas y la belleza de 
esculturales mujeres, contoneando sensualmente sus cuerpos al ritmo de las contagiosas notas de nuestra música popular.

Muchos son los pueblos de Cuba que celebraban sus festividades a lo largo de todo el año, cada uno con características propias, sonoridad y temáticas diferentes, los carnavales habaneros tuvieron como cada uno de ellos, identidad propia, algo que sin lugar a dudas le hacían ser una celebración especial.
Cuando niño, recuerdo que mi familia siempre reservaba un palco muy cerca de la fuente de la India, pasado el Capitolio Nacional, lugar donde las carrozas y comparsas realizaban el giro que les enfilaba nuevamente hacia el Paseo del Prado buscando el Castillo de la Punta. Ya entrado en la adolescencia fue la época en que los carnavales se trasladaron al malecón habanero y entonces, la vitalidad de un grupo de adolescentes no aptos para permanecer inactivos, inanimados y tranquilos en el pequeño espacio que brindaba un palco, amén que aún intentándolo no teníamos el suficiente dinero para pagar el alquiler de la noche, nos hacia optar por avanzar bailando tras la carroza que mejor música ejecutara, desde la Punta, al final del Paseo del Prado, hasta el hotel Nacional, lugar donde se instalaba la tribuna principal de los carnavales.

Siendo adulto y trabajando en el canal 6 de la televisión cubana, tuve el gran privilegio de elaborar junto a un buen amigo realizador, un documental sobre el carnaval habanero, lo que me permitió cámara de vídeo al hombro, descubrir a través del visor, los secretos de una celebración cautivadora que generaba en aquellos rostros filmados, el autentico carácter festivo de los cubanos, notorio en la alegría desbordante y la energía que procurara el incansable deseo de bailar, reír, cantar y ser felices mientras durara la celebración.

Al utilizar la palabra privilegio no me extendí al sentido general del concepto por pura modestia, pero llegado el caso si tengo que reconocer que contar en los carnavales con una credencial que te diera acceso al interior de la tribuna principal, era como poseer la llave del paraíso y no exagero. En aquel patio cerrado por altas paredes de madera era como entrar en otra dimensión de nuestra galaxia, podías bailar o escuchar, según te apeteciera, lo mejor de lo mejor en orquestas y agrupaciones musicales del país, que eran seleccionadas para tocar en ese recinto tan especial y exclusivo. Allí podías encontrar y confraternizar con destacadas figuras del deporte, el arte, la literatura, el cine o la televisión. Consumir los más exquisitos platos en las variadas áreas gastronómicas o adquirir cuanta cerveza o ron tu cuerpo pudiera soportar, sin tener que lidiar con aglomeraciones ni las molestias de aquellos que no supieran “cargar con su pesaó”, para ello existía un selecto grupo de custodios y policías, siempre alertas y prestos a la intervención en caso de extrema necesidad.

A la tribuna del carnaval habanero se iba a lucir el vestuario, los zapatos y complementos, el peinado de moda y las joyas, se iba a ligar y presumir de ser el galán cautivador o la elegante dama desinteresada ante el cortejo del enamorado.

En general, íbamos a pasarla bien, íbamos a disfrutar de lo que fuera de allí podía considerarse como una forma de contentarse, divertirse, pasarla bien, si, eso es, pasarla bien, con las limitaciones marcadas por las multitudes, los esfuerzos y tiempo empleado para alcanzar la meta de obtener el ansiado plato de cartón que saciara el deseo de comer las ofertas gastronómicas en los kioscos especializados, bailar al ritmo de la orquesta predilecta, que por lo regular era la que más seguidores podía tener en aquellos momentos y hacerlo en espacios que aglutinaban a miles de bailadores deseosos de contar con mucho más lugar para sus ejecuciones danzarías o ruedas de casino, algo que la masiva presencia de coterráneos no les permitía, además de bailar pendientes de las reyertas que muchas veces solían provocar desde el escenario, los estribillos que interpretaban en sus canciones la orquesta de turno con la consecuente intervención de las fuerzas del orden. Y por último, la mayor de las recompensas en la noche, tener en mano, el vaso de cera conteniendo la fría cerveza aliviadora del intenso calor de las noches veraniegas de la capital cubana en carnaval.

Que disfruté a plenitud mis fiestas de carnavales en calidad de ciudadano común, desde la infancia, hasta bien entrado en la fase avanzada de la madurez propia del adulto en que los años me convirtieron, muy cierto es, pero como aquel año en que fui acreditado con pase libre para todas las áreas del carnaval habanero, nada. Lo digo sin exagerar en lo más mínimo, al menos yo lo viví así y como lo recuerdo, tal te lo cuento.


 
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