Las telenovelas - El Rincon Cubano

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Las telenovelas

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Sueños y capítulos en noches de esperanza.
La telenovela para el cubano.
Por Oniel Moisés Uriarte.

Cuando en la pantalla del televisor ruso Krim-218 que por el año 1983 presidía la sala de mi casa, apareciera por primera vez el rostro de Regina Duarte, protagonista de la telenovela “Una mujer llamada Malú”, no podía imaginar que aquello se convertiría en un fenómeno de masas, dando esta el pistoletazo de salida a la maratónica carrera de series brasileñas y mexicanas que después nos lloverían una tras otras para disfrute y desconexión de la cruda realidad que la escases y limitaciones económicas ya nos imponían. Recuerdo muchas de aquellas series que trascendieran entre los que siguiéndolas capitulo a capitulo aliviábamos pesares, durante el tiempo que estas duraban en pantalla. 

Después llegó “La esclava”, con Lucelia Santos y Rubens de Falco en 
los papeles principales, quienes provocaron la paralización de toda una ciudad, de todo un país. Hasta las reuniones se adelantaban o posponían para que no coincidieran con la transmisión de aquella teleserie en la que la pobre esclava Isaura sufría de todo lo imaginable e inimaginable que un ser humano pudiera sufrir.

“Doña Bella” consiguió refrescar tanto sufrimiento enlatado con la belleza física de Maité Proença, quien conseguía el milagro a base de sutilezas e inteligencia femenina, obtener todo cuanto se proponía y subyugar a los hombres con su encanto. A esta le siguió “Derecho de amar”, telenovela que volvía a desatar los lagrimales, ¡que sufrimiento aquella serie!, con solo ver la cara del personaje protagónico, Francisco Monserrat, el taimado, el duro, el viejo verde enamorado de la joven Rosalía, ya se le ponía malo el cuerpo a uno y nos revolvíamos ante la paciencia de Adriano el pretendiente joven, casto y de buenas intenciones.

Muchas otras fueron las telenovelas brasileñas que prendieron en el corazón de los cubanos pero si una se lleva las palmas esta es “Roque Santeiro”. Pero para melodramas, tuvimos las telenovelas mexicanas “Los Bandidos de Rio Frio” y “Gotita de Gente” allá por el 85. Y en ese mismo año con 70 capítulos de 30 minutos de duración cada uno, nuestra propia telenovela insignia, “Sol de batey”, escrita por Dora Alonso y dirigida por Roberto Garriga, en la que aparecieron personajes como “La niña Charito” (Susana Pérez) enamorada de Antonio Fresneda (Fernado Tomey) sobrino de Doña Gertrudis (Aurora Pita) luchando contra la maldad y egoísmo de Doña Teresa (Veronica Linch) hermana del difunto Don Esteban, padre de Charito, quien mediante el chantaje le obliga a casarse con el personaje encarnado por Ramoncito Veloz. Para Luisa María Jiménez “La Tojosa” fue uno de los roles más importantes en su carrera como actriz convirtiéndole en una de las preferidas del público cubano. Otro de los personajes que caló profundamente fue “Liberato” (Idelfonso Tamayo), y grandes actores y actrices que quedaron para siempre en nuestra memoria, como, Aida Isalbe, Manuel Porto, Emilio Valle, Julio Hernández y Gina Cabrera por solo citar algunos.

Después vinieron muchas más telenovelas, pero como aquel fenómeno aditivo que generaran las brasileñas y puntualmente “Vale todo”, de la que los cubanos comenzamos a hacer nuestra propia versión, no ha habido precedente. “Vale todo” mostraba la maldad y el egoísmo en estado puro, como también intentaba contrarrestarlo con las buenas intenciones de los personajes positivos. Su emisión llegó a la pequeña pantalla en los primeros años de la década del noventa, cuando comenzaba a desmoronarse todo lo que hasta ese momento pudiera significar estabilidad económica para el cubano. Un tiempo marcado por la necesidad de encontrar soluciones individuales ante la severa crisis denominada “Periodo especial”, llegada con la caída del campo socialista.

La telenovela “Vale todo” como sus antecesoras marcó una impronta en la vida de los cubanos, actuando en nuestro ritmo de vida, provocó llantos y alegrías, además de alguna que otra pelea familiar, pero por sobre todas las cosas, un despertar de conciencia. Ante el mensaje de que cualquier actitud negativa podía valer para salir adelante, la respuesta entre la gente de a pie fue: la solidaridad.

Lo viví en propia carne en un viaje que tuve que realizar por entonces al pueblo de Güines donde después de una tarde muy calurosa en la que no había podido comer nada, me cogía la noche y para más fatalidad, la hora de la novela. La calle donde esperaba el autobús para regresar a la Habana, estaba desierta, no había nada abierto donde saciar la sed y el hambre que ya comenzaban a hacer efectos. Solo un negro viejo muy alto avanzaba por la acera con la dificultad que imponen los años. Al pasar a mi lado me saludo con afecto y al parecer mi cara le envió alguna señal de auxilio, porque detuvo su andar y volviéndose hacia mí, me invitó a seguirle a su casa muy próxima de allí. Sabía que yo no era del pueblo y por mi rostro, que desde hacía horas no me caía nada en el estomago. Llegamos a la puerta de una destartalada casa desde donde llamó a su mujer y con palabras muy precisas le ordenó me prepara algo de comer. La mujer desde un viejo y despintado sillón me saludó y sin quitar los ojos de la pequeña pantalla de su televisor Caribe pasó a la cocina donde me preparó un enorme trozo de pan con tomate y huevo frito. Impasible, sin perder el hilo de la trama de la novela, puso en mis manos el plato con aquel manjar y un vaso de limonada fría. Me supo a gloria, había recompuesto toda la fuerza que requería mi cuerpo, pero también la lección que me daba aquella humilde familia en los momentos que vivíamos, recomponía mi fe en los seres humanos, que aún en los momentos más difíciles, ante la escasez y la precariedad, sabemos que es necesario imponer la generosidad.

“Vale todo” marcó un antes y un después para los cubanos y a la vez puso de manifiesto lo que aprendimos de nuestro Apóstol José Martí, “Los hombres se dividen en dos bandos, los que aman y fundan , los que odian y destruyen”.



 
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