La guarandinga - El Rincon Cubano

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La guarandinga

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La Guarandinga, uniendo montes y ciudades.
Un efectivo medio de transporte en el Escambray.
Por Oniel Moisés Uriarte.

La primera vez que subí al Escambray, fue en unas vacaciones que pasaba en Cumanayagua. Iba acompañado de uno de mis primos y fue para conocer el conuco que en la montaña tenía mi tío Felo, sembrado de frijoles y maní, entre surcos de cafetos cubriendo una de sus laderas.

Para llegar desde el pueblo, hasta lo más alto de la montaña, había que hacerlo en un camión, que a su parte posterior se accedía por una escalera de hierro, en la que tenía colocados asientos, como cualquier autobús de ciudad. A este medio de transporte, popularmente se le conocía en la zona central de Cuba, como “guarandinga”.

Subir a aquel camión-ómnibus me causo una extraña sensación, a mis escasos doce años, acostumbrado a los autobuses de la capital, encontrarme en un espacio compartido por racimos de plátanos, ristras de cebollas, sacos de frijoles, un pequeño cerdito y muchos rostros curtidos por el sol, ásperas manos, ropas zurcidas en los lugares más increíbles y rusticas botas, de las que tenía que extremar el cuidado para no ser pisoteado, todo ello me hacía sentir en medio de una gran aventura.

Juancito mi primo, era algo así como un proyecto de persona, se había quedado tan pequeño para sus doce años, que para alcanzar a mirar por la ventanilla, tenía que arrodillarse en el asiento. Su diminuto y frágil aspecto contrastaba con todo lo que le rodeaba, hasta la guitarra que llevaba bien sujeta contra su cuerpo le quedaba grande. Aquel instrumento musical desde hacía un tiempo le había cautivado y como todo principiante se aprendía de memoria las canciones rancheras de moda, algo muy usual y que gustaba mucho en la zona de Villa Clara, lo que hacía posible que en cada viaje en guarandinga que realizaba al Escambray, la llevara consigo para dejarse escuchar por quienes compartían tan irregular trayecto y hasta se animaran haciéndole coros.

La guarandinga de aquellos años, para poder subir aquellas montañas, por carreteras estrechas, empinadas, y con abundantes curvas, tenía que ser movida por un potente motor de gasoil, lo que provocaba por tramos, que el olor penetrante del combustible quemado y el humo que despedía por el tubo de escape, se hiciesen insoportable, inconvenientes que se compensaban, con el inconfundible olor a yerba fresca de la mañana y el bello paisaje que a ambos lados del ómnibus se podía contemplar, hermosura de la naturaleza, que ni la fuerza de la costumbre por el viaje a diario, podía dejar insensible a nadie.

Al menos para mí siempre fue así, aficionándome a subir con más frecuencia al conuco en el Escambray, por el solo hecho de montar en la guarandinga, permitiéndome vivir y disfrutar aquel folclor en primera persona. Hasta un buen día que a mitad de camino la guarandinga se rompiera, quedando solo una opción, caminar. Subir la pendiente no era la mejor, algo más de tres kilómetros faltaban para llegar a donde mi tío Felo, una distancia que para las cortas piernas de unos muchachos como nosotros era mucho y bastante peligroso. Desandar el camino a pie tampoco era muy aconsejable, por lo que la mejor decisión era quedarnos a esperar la próxima guarandinga que pasaba una hora después.

Muchos de los que venían en el averiado transporte, siguieron camino entre las montañas, los que quedamos a la espera del próximo, pudimos pasar el tiempo escuchando y acompañando a mi primo, en su interpretación de canciones mexicanas, para delicia de los rudos campesinos a los que tanto gustaban.

Aquella fusión, de lo más rustico del hombre y sus costumbres, que entraña la campiña cubana y sus montes, con el intenso verdor del paisaje, la flora y el sonido de una fauna autóctona en región tan favorecida por la naturaleza, se metió tan en mi piel que aún cuando han transcurrido medio siglo en mi vida, la sigo viviendo con solo cerrar los ojos, aguzar el oído o sensibilizar el olfato.

Algo muy parecido le debía pasar a mi primo Juancito que años después, estudiando música en la Escuela Nacional de Arte de La Habana, recién llegado, le acompañé a conocer la ciudad y al subir a un autobús tal y como lo hacía en la guarandinga, se encaramó al asiento, colocando las piernas bajo sus glúteos, lo que llamara la atención de quienes sorprendidos le miraban, pero que quizás le justificaran por considerarle un proyecto de hombre que no creciera más de lo justo para no parecer un niño, pero tampoco como para considerarle un adulto.

 
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