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Esta es la nueva casa, está la nueva escuela…
El plan de la Escuela Secundaria Básica en el Campo.
Por Oniel Moisés Uriarte.

Durante muchos años, el Parque Maceo de la Habana representó en mi vida un invariable punto de referencia entre la partida y el regreso obligado de cada semana, en la que dejaba atrás mi casa, habitaba y compartida con mis más cercanos, apenas 24 horas de un fin de semana, para regresar a la moderna estructura que albergaba a cientos de estudiantes como yo, con los que compartía durante los restantes días del mes, la formación del hombre nuevo al que aspiraba la sociedad cubana.

Aquel punto de entrega y recogida ubicado en lo más céntrico de la capital habanera los sábados era un hervidero de ómnibus Girón, procedentes de todas las escuelas en el campo, de la cual sus alumnos
por lo regular, residíamos en el municipio Centro Habana, arribando estos medios de transporte, al parque, aproximadamente sobre las 11 de la mañana y efectuando la recogida los domingos a partir de las 2 de la tarde.

Cientos de muchachos y muchachas, que ya por el hecho de gozar tanto tiempo fuera del rigor disciplinario de la familia, nos considerábamos independientes, íbamos sin acompañantes para no ser marcados por el estigma de ser considerados, en el caso de los varones, como el perfecto bitongo, y las chicas, la bobita. La otra disciplina, la que regía nuestras vidas en aquellas escuelas ya era harina de otro costal.

Comenzaba esta disciplina por el uso de un uniforme de poliéster azul oscuro los pantalones de los varones y las faldas short de las muchachas. El azul celeste era el color de las camisas y las blusas, unos zapatos plásticos al que el pueblo bautizara como "Kikos" y las elegantes corbatas para los hombres y pañoletas de pico para las féminas. El riguroso horario de jornada comenzaba con la formación del alumnado en el patio central de la escuela, unos vestidos con los uniformes de diario y otros ataviados con ropa de trabajo para las labores en el campo, desempeñando jornadas de 4 horas diarias en las tareas más diversas de la agricultura, 4 horas de clases y 2 de estudios. Una vez por semana disfrutábamos de lo que llamábamos noche de recreación, en la que se presentaban agrupaciones musicales o por el audio local se pasaba la música más actual con la que se organizaban ruedas de casino y bailaban quienes gustaban de ello y miraban los llamados “patones”.

Aquellas escuelas tenían una estructura uniforme en su construcción, formada por dos largos bloques, en los que de una parte se ubicaban, en el piso superior, los albergues y en el piso inferior la enfermería, almacenes y locales varios. En el otro bloque se ubicaban las aulas, cátedras, laboratorios y la dirección de la escuela. En el centro, el comedor, la cocina y el almacén de víveres. Podían contar con diversas áreas deportivas, entre las que había un campo de futbol, terreno de beisbol, pista de atletismo y las más afortunadas podían contar entre sus instalaciones con una piscina.

Vivir la experiencia de estudiar en una escuela en el campo, fue sin lugar a dudas, la más enriquecedora de la lecciones aprendidas en la vida de cualquiera de los adolescentes que tuvimos esa suerte y digo suerte porque desde muy temprano fuimos libres para cometer los errores que un escaso número de profesores ni por asomo podían controlar.

Yo en lo personal viví un capitulo complicado a partir de esa libertad de espacio y acción que pude gozar. Fue estando ingresado en la enfermería de la escuela, tras sufrir un esguince que me hice en el tobillo derecho jugando al futbol, cuando por descuido pesqué un resfriado que se convirtió en una gripe de forma muy rápida, algun medicamento de los que me suministraran me hizo reacción, creándome una intoxicación que por entonces se contrarrestaba con la Benadrilina, pero ésta a su vez, me provocaba un descenso de tensión y esto se resolvía bebiendo Poción Jaccoud, un jarabe que su sabor era muy similar al vino dulce “viña 95”, y hacía el mismo efecto que este, resultando que me aficioné a aquel mejunje que tenia al alcance de mi mano con solo abrir una alacena y de pasarme los días en total aburrimiento, pasara a estar eufórico 24 horas.

Fue tal la afición adquirida a empinar el codo, que siempre llevaba conmigo un frasco, del que compartía su contenido con algunos de los compañeros más cercanos que conocían los efectos y lugar de procedencia. Mi ingreso en la enfermería se extendió por espacio de 21 días y fueron los mejores que pasara en aquella ESBEC, tanto que me llevaban y me traían en una ambulancia en la que siempre iba como flotando en el aire. Hasta que un día la ambulancia falló y en uno de los pases de fin de semana tuve que hacer el viaje en uno de los ómnibus que nos trasladaban habitualmente. Sucediendo que con mi pata coja iba entre los grupos de estudiantes que se mezclaban saludándose unos a otros y al llamado de subir a los autobuses, entre la confusión y la nota que me daba el jarabe, subí a un transporte que me trasladó a una escuela en Güines, cuando la mía quedaba en Melena del Sur, distantes una de otra, 17 kilómetros, los que tuve que hacer a pie, sin armar lio alguno porque ya bastante había formado con mi equivocación.

Después de aquello se acabaron los días de gloria y de poción mágica, tuve que volver a la realidad de mi albergue, en el que el privilegio de la privacidad y disponer de todo cuanto había en la sala de la enfermería se esfumaba. Aquello duró solo un curso ya que al siguiente año pasaba a estudiar al pre universitario en la ciudad, ya que mi madre desde el primer momento de entrar en aquella escuela en el campo, se dio cuenta que en mí se producía un cambio total de carácter y licencias atribuidas que ella no compartía y para controlar un poco mis arranques de libertinaje barato de adolescente rebelde me premiaba con aquella cercanía a sus faldas. Pero bueno, la verdad que tdo aquello fue bonito, mientras duró y yo, lo disfruté.


 
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