La bicicleta - El Rincon Cubano

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La bicicleta

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Yo colgué la bicicleta
El medio de transporte en la crisis.
por Oniel Moisés Uriarte.

Corría el año noventa y uno y Cuba por esa época estaba viviendo un periodo especial muy crudo, agobiado por tantas calamidades y problemas me había ido a vivir a un pueblito de Matanzas llamado Güareiras, distante de Colón, cabecera de municipio, cerca de ocho kilómetros, allí comencé a administrar una pequeña cafetería, con comida y bar, todo era bueno y me hacía feliz mientras no tenía que trasladarme de un lugar a otro, porque verdaderamente era una odisea, apenas había transporte público y el que pasaba lo hacía cada dos horas y repleto hasta el techo, era muy común el uso de tractores, camiones, carretas, todo lo que se moviese servía para aliviar las distancias, pero eran insuficientes también. Por regulación y normativas de la empresa de gastronomía del municipio, todos los días tenía que 
depositar en el banco de Colón el efectivo recaudado el día anterior. Aquello se me hacía difícil de verdad, no había forma humana de llegar al pueblo en tiempo, porque los depósitos solo se aceptaban en horario de la mañana, había probado todos los recursos inimaginables, pero nada siempre se me hacía tarde.

Una mañana me levanté con el congo viraó al revés y me plantee que no llegaría tarde otra vez al banco, donde ya me conocían como el retrasado, así que me llené de valor y me subí a una bicicleta, que era el ultimo recurso que me quedaba por probar y al que le había hecho rechazo nada más de pensarlo, es que nunca he sido un buen ciclista y menos para distancias largas, porque a la verdad ocho kilómetros de ida y ocho de vueltas en periodo especial en Cuba era una verdadera proeza.

Pues nada, que me subí a una que me prestó Bertico, el jefe de almacén, y allá me fui, a conquistar el cetro de los que si pueden, a engrosar las filas de los pedalistas profesionales de Güareira, aquellos que solo dejaban la bicicleta para dormir.

¡Qué trabajo me costó llegar compadre! Con la lengua afuera, sudando como un caballo y con peste a mono viejo, llegué al banco, dejé apoyada la bicicleta, mejor dicho, la solté en una columna y me senté a esperar mi turno, dos horas y media tardaron en atenderme, hasta me dormí, terminada la operación de deposito, saliendo del banco, me encontré con Benito un colega que pasaba en su camioneta a dejar el deposito de su cafetería, subí al vehiculo y nos fuimos a la empresa a conciliar con el departamento de economía, de allí fuimos al Coopelita a tomarnos un helado, luego al estudio fotográfico para hacerme unas fotos tipo carné que necesitaba, más tarde a la relojería y por ultimo al hotel Caridad a recoger un encargo. Benito me adelantó hasta la salida de Colón para que tomará cualquier cosa que me llevara de regreso a Güareiras, justo llegaba un camión que paró para dejar a alguien , ocasión que aproveché para pedirle al chofer que me llevará, subí, me acomodé y a rodar, a mitad del recorrido sentí la sensación de que algo me faltaba, “¡coñoo, la bicicleta!, nada que me tuve que bajar y caminar cuatro kilómetros hacia el pueblo de nuevo, a todas estas a saber si cuando llegara la bicicleta iba a estar, eran más de las dos de la tarde y a esa hora ya no quedaría nadie fuera del banco, así que bueno, sin muchas esperanzas, seguí mi camino, nada perdía comprobándolo en el terreno.

Cuando entre en el pueblo ya iba corriendo, otra vez llegué con la lengua afuera, sudando a chorros, en la esquina detuve mi carrera y casi se me para el corazón, pude distinguirla, allí estaba, sola, impertúrbale, etérea, distante tal y como la había dejado, me acerqué, la observé bien, no había dudas era la bicicleta de Bertico, respiré profundo y hasta le pasé la mano con cariño, ¿estarían ciegos los que por su lado pasaron?, ¿pensarían que el dueño estaba aún dentro del banco? ¿Se había vuelto invisible a los ojos del necesitado? ... estaba delirando, menuda responsabilidad me había quitado de arriba, imaginen lo que costaba una bicicleta en periodo especial.

Fue entonces que la tome en mis brazos y la alcé hasta mi hombro izquierdo y salí a caminar buscando la salida del pueblo una vez más... cincuenta metros mas adelante ya estaba sobre ella rodando por Colón y luego a todo lo largo de los ocho kilómetros que me separaban de Güareira, con viento en contra incluido, para que les voy a contar como llegué si ya ustedes se lo imaginan, ese día aprendí la lección; ya se los había dicho antes “Ni yo he sido ciclista en mi vida, y no lo voy a ser nunca”, así que colgué las intenciones, para no decir que colgué la bicicleta, porque no era mía, nunca más se me ocurrió hacer semejante ridículo, porque no crean que fueron pocos los del pueblo que pasaban en vehículos motorizados y algún que otro en su bicicleta, algunos me animaban, otros se burlaban, al parecer daba pena verme arriba de aquel artefacto, es que en cada uno de los giros del pedal se me iba la vida, pero lo que mi ego no pudo soportar fue cuando pasó en un ómnibus en dirección adonde yo viajaba lleno hasta el tope, uno de esos jodedores cubanos que nunca faltan, gritándome una frase muy de moda por esa época en Cuba...”!así se hace...aprieta el culo y dale a los pedales¡” la carcajada fue unánime, yo quería que la tierra me tragara o poder levantar vuelo pasando por arriba de Güareira sin tener que aterrizar más por allí, suerte que unos día mas tarde me trasladaron a dirigir un motel cerca de Los Arabos y así pude cortar con las burlitas de la gente que ya cuando me veían por la mañana preparado para ir al pueblo, me preguntaban irónicamente ¿qué, hoy no vas en bicicleta?.

 
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