El Sevilla - El Rincon Cubano

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El Sevilla

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El color especial de un preciado lugar.
El Hotel Sevilla de la Habana.
Por Oniel Moisés Uriarte.

La Habana tiene un lugar con un color especial y lleva por nombre el mismo que la ciudad de Andalucía a la que “Los del Rio” le cantan la canción que Cesar Cadaval un día le escribiera. Este lugar nuestro es también famoso en todo el mundo por su elegancia, confort y buena reputación, no puede ser otro al que me refiera que al Hotel Sevilla.

A pocos metros del Paseo del Prado de la Habana, el hotel Sevilla se erige como el coloso del turismo que siempre fuera. Su construcción comenzó en mil ocho cientos ochenta y fue inaugurado en mil novecientos ocho. Su arquitectura tiene una profunda influencia del arte hispano-musulmán, identificado como estilo mudéjar. Sus líneas arquitectónicas moriscas fueron copiadas del famoso Patio de los Leones del palacio Alhambra, de Granada, distinguiéndose por sus 
arcadas, columnas y paredes recubiertas de azulejos sevillanos. Por su elegancia durante muchos años no sólo fue el hotel más lujoso, sino el más elegante, grande y confortable de la Habana.

En lo particular desde los primeros años de la década del ochenta El Hotel Sevilla se convirtió en mi lugar preferido para encuentros, reuniones y almuerzos de trabajo. Eran tiempos en los no existían restricciones para acceder a sus instalaciones y alquilar una de sus habitaciones para disfrutar de un confortable y reparador fin de semana bien acompañado podía estar al alcance de mi bolsillo.

Disfrutaba comer en sus salones donde se servían los platos elaborados por la alta cocina. Me gustaba pasar algunas horas charlando con amigos en el bar ubicado al lado de la recepción del hotel. En sus habitaciones me relajaban totalmente, aún cuando las vistas desde las ventanas me dejaran ver el incansable ir y venir de mucha gente Prado arriba y Prado abajo. Era un bálsamo para los sentidos aquellos fines de semana que pasara en el hotel.
Así transcurrieron varios años en los que aquel hotel era el punto de referencia para todo lo que se relacionara con mi vida profesional y personal. Muchos fueron los amigos que hice en aquel lugar tan especial, razón por la que me sentía como en propia casa. Entonces, todo fue bonito mientras duró. Entrado el año noventa, la situación cambio de la noche a la mañana. Alquilar una habitación en el hotel ya solo era privilegio de quien ostentara su condición de ciudadano extranjero o en muy contados casos, si contraías matrimonio y tenias en suerte que te tocara pasar allí tu luna de miel.

Transcurrieron varios años sin que volviera a visitar el hotel, hasta que a mediados del noventa y ocho conociera en La Habana al actor argentino Darío Grandinetti, protagonista de una serie de televisión que se filmaba en la Habana y coincidentemente, también ultimando el rodaje en el cual encarnaba el personaje de Juan Manuel Fangio, en el filme que recreaba su secuestro realizado en 1958, justo en el hotel Sevilla y para cerrar un tema de contratación de la agrupación musical con la cual yo trabajaba por entonces y participaría en la serie de televisión, quedamos en vernos allí.

Ya el Hotel Sevilla, aún en su magnificencia, para mí no era el mismo, lo sentía como algo extraño, frío, sin motivación. Los rincones que muchas veces me acogieran brindándome cobijo, me hacían sentir fuera de lugar. Eran tiempos difíciles para los cubanos, en los que al mínimo indicio de relación con extranjeros, podía significarnos un severo castigo si el encuentro no era justificado.

Poco tiempo después de aquellos días en La Habana, el reencuentro con Grandinetti fue en la ciudad de Mar del Plata, donde recién estrenaba su café-teatro, La Subasta. Estábamos muy lejos de aquel entrañable lugar que una vez fuera mi casa y que en aquel momento volvía a tener frente a mí, pero esta vez en una pantalla de cine, donde las escenas del filme Operación Fangio tomadas en el hotel, revolvían mi incipiente nostalgia.

Nunca más he vuelto a desandar bajo los frescos portales que lo circundan, ni he vuelto a subir la preciosa escalera que conduce al lujoso vestíbulo, no he caminado más por los pasillos que conducen a las confortables habitaciones, ni he degustado los platos de su alta cocina. Su patio sevillano me es totalmente ajeno, ni mi cuerpo se ha refrescado más en las aguas de su piscina desde donde contemplaba la vieja ciudad. El Hotel Sevilla para mí, hoy no es más que la descolorida postal que alguna vez comprara como recuerdo de la bella época que en él pude pasar.


 
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