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Donde crecia el talento deportivo. 
Centro Deportivo El Pontón en la Habana
Poer Oniel Moisés Uriarte.

Si un lugar de la Habana me hizo feliz en alguna etapa de mi niñez y adolescencia fue sin lugar a dudas “El Pontón” el Centro Vocacional Deportivo “José María Pérez” que entre los años 60 y 70, fuera un modelo de instalación, que propiciaba la práctica deportiva de los talentos del territorio, además de la recreación del resto de los pobladores. Recuerdo que los estudiantes de secundaria básica de los alrededores disputábamos allí torneos de baloncesto, voleibol y atletismo. También funcionaban dos piscinas, una para natación y la otra para clavados, con trampolín de diez metros, un terreno de béisbol con gradas, varias canchas de tenis, así como salas techadas para judo, lucha, esgrima y levantamiento de pesas.
Conocí el lugar de la mano de mi padrino Raulito, quien como buen profesor de judo que era me introdujo en ese mundo, donde el primer profesor que tuve fuera un hombre menudo que por su aspecto parecía más un tipo enfermo que un instructor de artes marciales, recuerdo que se llamaba Juan Manuel. Allí también pude conocer a Chacón un negro alto y musculoso profesor de lucha libre, vi entrenar a quienes luego fueran glorias del deporte cubano, como Enriquito Díaz, excelente pelotero y a la gran corredora de fondo Aurelia “Yeya” Pentón, quien con los años fuera mi profesora de atletismo.

Los Sábados, en el terreno de beisbol del Pontón disputábamos encuentros entre barrios, los que eran pactados solo de palabras, pero que hacían sobrar motivos para que esperásemos ansiosos el día del partido, entonces salíamos con nuestro guía al frente, “Manolo Tareco”, feo como un demonio, buena persona como pocas que haya conocido, él era una de los umpires oficiales (ampayas, en el argot popular) del Pontón y a la vez quien se hacía responsable ante nuestros padres de llevarnos y regresarnos al barrio. Para ello teníamos que andar algunos kilómetros, solo que para mayor consuelo por entonces valorábamos la distancia en cuadras. Imagine usted más de quince muchachos entre once y trece años cargados con bates, guantes, pelotas saliendo en fila desde la calle Indio, buscando Campanarios hasta atravesar Cuatro Caminos, subir por Santa Marta hasta Nueva del Pilar, lugar donde nos deteníamos a refrescar donde los camiones cisternas cargaban el agua potable que distribuían por la ciudad, luego continuábamos el camino buscando la calle Arroyo ya bordeando la instalación, hasta su entrada principal por la calle Oquendo, algo que se convertía para nosotros en todo un autentico peregrinar deportivo.

En las muchas áreas deportivas del Pontón aprendí a nadar, a jugar al tenis, practiqué el judo, desarrollé la velocidad en bicicleta que mi escuálido cuerpo me permitía, practiqué la carrera de fondo de forma más seria por recomendación de la gran Yeya Pentón, estrella de nuestro atletismo nacional, con quien logré a base de esfuerzo y entrenamiento, participar en unos juegos universitarios nacionales por los que pasé sin pena ni gloria pero que me hiciera sentir bien conmigo mismo.

De aquel lugar salí con una muchacha tomada de la mano, era mi primera novia con solo catorce años, feliz y orgulloso, ya que había aprendido la lección, no importaba si era feo o flaco, lo importante era destacar las habilidades con las que había sido dotado como por consuelo a falta de cualidades físicas, algo que con ella había funcionado. Recuerdo como me pavoneaba con el kimono blanco bajo el brazo, dejando ver la cinta verde que por entonces recién había obtenido en el judo.

Nunca podré olvidar aquel lugar maravilloso donde crecíamos sanos y con proyectos de futuro si te los proponías, una pena que las nuevas generaciones de cubanos, los cubanos de hoy, no tengan la misma suerte, allí éramos felices con poco, a veces con lo justo o lo necesario, compartíamos lo que teníamos, la rivalidad era solo en el momento de la práctica del deporte, no importaba el barrio del que procedieras, éramos todos iguales y como tal asumíamos el comportamiento más adecuado que podíamos ejercer, el respeto al derecho ajeno que garantizaba la armonía y la paz entre todos aquellos muchachones que alguna vez fuimos.

 
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