El Patio de la Catedral - El Rincon Cubano

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El Patio de la Catedral

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Bajo los soportales de una casa colonial.
El Patio de la Catedral de la Habana.
Por Oniel Moisés Uriarte.

El espacio físico que marcara definitivamente mi despedida de Cuba fue el popular restaurante El Patio de la Catedral en la Habana, lugar con historia y linaje que sus paredes de piedras y grandes columnas han guardado durante varios siglos. El edificio se terminó de construir en el lejano mil setecientos setenta y cinco por el arquitecto Antonio Ponce de León, primer Marqués de Aguas Claras y descendiente directo del descubridor de La Florida, de ahí la elegancia del lugar.

Bajo aquellos frescos soportales del antiguo edificio llegué un día de Octubre del año noventa y siete para enrolarme en la representación de la agrupación musical IRACHÉ, amenizando con música tradicional cubana las horas que disfrutaban los turistas llegados de todas partes
del mundo, en busca del ya famoso mojito cubano que con muy buena mano elaboraba Félix, el elegante negro cantinero, que tan popular se hiciera entre los visitantes.

Una mesa para elaborar el puro habano salido de las hábiles manos de Vilma, la tabaquera y su carismática ayudante, Belkis, una joven negra rolliza que iba de mesa en mesa ofreciendo la fuma ya terminada, completaba la propuesta que se encontraba el turista al llegar al lugar y al entrar en el hermoso patio colonial donde se ubicaban las mesas del restaurante a la sombra de grandes columnas y plantas ornamentales, les esperaba Oscar León, excelente pianista cubano, al que llegamos a bautizar como “la victrola del Patio”, porque no había un solo tema musical que le requirieran, que él no supiera tocar al piano.

Juan Carlos Lemus, Eddy Castilo, Lino Ramirez y Hemenegildo Baez, en vida activa como destacados deportistas, practicaron el boxeo, llegando a obtener reconocimientos nacionales e internacionales, ellos eran quienes se ocupaban de la custodia del lugar. Gente amable como nadie, siempre elegantes, vistiendo la típica guayabera cubana, mantenían la tranquilidad y seguridad del turista en El Patio, todos bajo la acertada dirección de Isabelita la gerente a la que todos por igual queríamos y respetábamos.

En una esquina al lado izquierdo del lugar que ocupaba la agrupación musical, Juan Carlos, el técnico de sonido, se encargaba de que el turista conociera lo último de la música cubana, ofreciendo por las mesas discos para la venta. Pero la atracción más importante de las que el Patio de la Catedral ofreciera al foráneo, era la presencia durante varios años de René, al que considero ha sido uno de los más destacados caricaturistas de Cuba. En la esquina, al fondo del soportal, justo a la derecha de la formación musical, ubicaba su silla de ruedas y desde allí iba dibujaba cuanto rostro se pusiera a su alcance, siendo muy novedosa y aceptada la propuesta.

Por aquellos años se hizo muy popular la canción de Alejandro Sanz, “Corazón partío” y nuestra agrupación que había montado su propia versión, la hacía sonar, justo cuando El Patio estaba lleno, tanto dentro como fuera en la calle, donde también se ubicaban mesas, lo que coordinado con las camareras Libertad y Damarys, que se ubicaban delante nuestro para ejecutar una coreografía que terminaba entre las mesas, levantando a los asistentes e incorporándoles a una fila que iba por todo el local al ritmo de nuestra música. Era el momento mágico que se vivía en el Patio, lo mismo cuando estábamos de mañana, de tarde o de noche.

Para celebrar la cena de fin de año organizada por la corporación Habaguanex. S.A, del año noventa y siete se nos convocó para tocar sobre el escenario montado en la plaza, siendo esa la última actividad en la que participara con la agrupación IRACHÉ.

En los albores del noventa y ocho ya dejé definitivamente la isla para radicarme en la ciudad de Mar del Plata, Argentina, decisión que no fue casual. Desde unos meses antes, un cuerpo de policía recién creado, al que se le comenzara a llamar “Boinas negras” por el color de los uniformes y la prenda también de color negro que usaban para cubrir la cabeza, de la noche a la mañana aparecieron ocupando la zona turística de la Habana Vieja, convirtiéndose en el azote de todo lo que olía a asedio al turismo y lo hacían en grupos de tres uniformados, acompañados por perros pastores adiestrados. Las detenciones se multiplicaban por día, al punto que las mujeres que se dedicaban al llamado “jineterismo” cambiaron el elegante atuendo que hasta entonces utilizaran, por los pantalones cortos y zapatillas, intentando infructuosos camuflajes.

De todo aquello lo que más me molestaba era la constante solicitud de identificación por parte de la policía que en el trayecto a través de la calle Obispo por donde bajaba hasta El Café París, podía llegar a ocho y diez veces en el día. O las veces que a falta del cantante de la agrupación tenía que trasladarme a la unidad policial ubicada en la calle Zulueta a donde le llevaban regularmente por su apariencia física.

De aquellos años conservo y mantengo el contacto en España con algunos de los buenos amigos que formaron la agrupación musical IRACHÉ, Eduardo Cutiño (El Indio), Bismarck (el guajiro del saxo), Rafael, (alambre dulce, tresero natural) y Yosvanis Lagos (León, el percusionista). Del Piti, guitarrista del grupo, Pablo Castillo, director y el Jabao, cantante, nunca más supe de ellos, pero los tengo siempre presentes por lo que representaron aquellos años en mi vida.
Así acabó un trascendental período de mi vida que dio comienzo a otro no menos importante, la etapa de emigrante que ya dura veinte años.

Desde entonces, cargando con mis recuerdos, he ido errante por ciudades y pueblos que me han acogido con amor, pero marcado para siempre por el sentido de no pertenecer ya, ni al lugar de donde un día partí, ni al lugar donde desde entonces pueda residir, por ser tan profunda la raíz de donde creciera mi identidad.

 
 
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