El Parque Lenin - El Rincon Cubano

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El Parque Lenin

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Donde un día respiré naturaleza.
El Parque Lenin de la Habana.
Por Oniel Moisés Uriarte.

Aquel lugar, al que mi madre nos llevara muchas veces a disfrutar placenteros días en familia, le conocí como “El parque Lenin”, un gran parque natural en La Habana de más de cuatrocientas cincuenta hectáreas de áreas verdes en el que disfrutábamos de espectáculos, conciertos, parque de atracciones, acuario, lago artificial con paseo en botes, anfiteatro, rodeo, paseo a caballos, piscinas, cafeterías y restaurantes, y un tren en el que paseábamos por todo su extensión exterior. Parque que fuera inaugurado allá por mil novecientos setenta y dos.

El parque desde sus inicios tuvo el carácter bien definido de bosque, donde la comunicación era a través de senderos y donde no había 
construcciones, predominando el ambiente natural. Como también recuerdo prevalecía el color blanco en todas las edificaciones en las que grandes piedras que señorearon alguna vez en el territorio, aportaban un aspecto más rustico y original a las áreas que le integraban.

Muchos años después, cuando ya entraba en la adolescencia, descubrí una galería de arte y un taller de cerámica que desde el primer momento me cautivaron, no sabía por entonces quien era su inspiradora, hasta que conocí su historia, Amelia Peláez, una de las grandes de nuestra plástica.
Muchas veces volví a aquel parque interminable donde con amigos organizábamos comidas al aire libre, visitaba el zoológico o el acuario. Allí aprendí a identificar los arboles que formaban sus bosques, como la majagua, los framboyanes, yagrumas, jagüeyes caobas, y almácigos, entre otras especies de la foresta cubana.
Aprendí a degustar de la buena cocina en sus restaurantes, uno de ellos, Las Ruinas, donde ya el nombre te lo avisaba, comer en su salón era la arruina del salario de un mes. De allí recuerdo me fascinaba el olor a musgo fresco y sentarme de frente para contemplar el vitral realizado por el gran René Portocarrero. Del restaurante La Faralla recuerdo el puente que conectaba con la amplia escalinata de losas por la cual se llegaba al amplio portal interior y su por entonces novedoso sistema de autoservicio. Los Jagüeyes lo recuerdo como un restaurante abierto, sin paredes, en la que grandes losas servían para cubrirlo, también por entonces funcionaba como autoservicio.

El Acuario es otra de las áreas que destacaban en El Parque Lenin, recuerdo albergaba peces de agua dulce y el diseño era en espiral con forma de caracol en las que las peceras ocupaban una pared mientras que la otra era adornada por bellos vitrales. También recuerdo el Jardín Japonés, imponente, inmenso, muy bien concebido.

Pero si había una instalación que me atraía totalmente era el anfiteatro, con su escenario flotante sobre el embalse de agua al centro del complejo. Me recordaban los anfiteatros griegos y romanos, con asientos para el auditorio construidos con bloques de piedra caliza tallada en forma de sillas y butacas, y entre ellos creciendo la hierba como ambientación natural. Tanto con funciones o no, siempre iba allí, muchas veces acompañado por una novia que tuve en El Reparto Eléctrico, muy cerca del parque, gustando de tumbar nuestros cuerpos sobre la hierba húmeda a la luz de la luna para contemplar las estrellas, cuando el fogaje amoroso propio de los años, nos permitía algún descanso.

Recuerdo algunas otras áreas como El Rodeo, la Casa de las Infusiones y el más importante para mí, el Palacio Central de Pioneros, el cual desde mi responsabilidad en la dirección técnica del Canal 6 de la televisión cubana atendía como Circulo de Interés de Radio y Televisión, donde los niños aprendían a operar el equipamiento técnico que se utilizaba en los estudios de la época. De aquellos años recuerdo con afecto al actor Enrique Molina, quien tantos años dedicara a esa noble tarea de formar nuevos valores entre los que ya sentían inquietudes actorales.

El Parque Lenin con sus seiscientas setenta hectáreas de bosque se concibió como el gran cinturón verde y el más grande pulmón de la capital y hoy esta misma ciudad, a la que un día ayudara a inhalar mejor el limpio oxigeno de la naturaleza, intenta que sea él quien vuelva a respirar, ya que por sí mismo no puede hacerlo. El entrañable prado se nos fue apagando como su respiración misma poco a poco y con su oscuridad se empezaron a apagar recuerdos, deseos y sueños. Ya para entonces el gran proyecto que se pensó como espacio vital para la familia y su esparcimiento, comenzaba a ser pasado, al menos para mí, aunque haya quedado grabado en la memoria y ocupado el lugar más selecto donde guardo añoranzas y alimento la nostalgia, porque allí, en aquel parque, pude disfrutar junto a mis hermanos, el privilegio del poco tiempo libre que nuestra madre podía dedicarnos, es algo que ya no pueden quitarme ni el abandono ni la indiferencia, ellos, que juntos al paso inevitable de los años, devastan todo lo que alguna vez pudo significar importantes etapas en nuestras vidas.

 
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