El Moscú - El Rincon Cubano

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El Moscú

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El día que “El Moscú” no creyó en lagrimas.
Un restaurante en la Habana que hizo historia.
Por Oniel Moisés Uriarte.

Uno de los lugares en La Habana de los años ochenta que recuerdo con mucha nostalgia, es el desaparecido restaurante Moscú. En el pasé momentos perdurables para siempre en mí memoria, compartiendo con amigos inolvidables y celebrando acontecimientos que marcaron para siempre mi vida.
Comencé mi relación con este emblemático centro gastronómico habanero a finales de la década del setenta, cuando mi madre nos llevara a celebrar el cumpleaños de mi hermana, causándome una gran impresión la suntuosidad del lugar. Recuerdo haber subido por un ascensor hasta una planta de puntal muy alto, engalanada en el techo por enormes vigas de maderas muy lustrosas, muchas luces, una interminable fila de mesas a lo largo de un salón que me pareciera infinito, atendidas por un abundante número de camareros reclamados por el apetito de muchos comensales.
Avanzada la adolescencia, lo visitaba con frecuencia, aficionándome al que fuera plato estrella del lugar, “La sopa Salianska”, elaborada con copiosos trozos de carne que le daban un gusto tan particular, que hasta los mismos cocineros rusos debían quitarse el sombrero. También gustaba disfrutar de la música en vivo que comenzaba a ser otra de las atracciones del restaurante, a cargo de una agrupación en la que recuerdo la voz de Mayito Darias, un gran creador y defensor del género campesino cubano, a quien conocí personalmente y con quien mantuve una buena amistad.

La ubicación del restaurante “Moscú” era envidiable, a pocos pasos de la popular calle 23, en el tramo conocido popularmente por “La Rampa”, frente a los estudios de televisión de la calle P y 23 y rodeado de otros distinguidos restaurantes habaneros, hoteles y clubes nocturnos, en una Habana que volvía a invitar al disfrute de sus noches bohemias.

El “Moscú” se convirtió en mi lugar de citas o el elegido para impresionar a la muchacha que cortejara por entonces. Conocer todos sus rincones, los nombres de muchos de los camareros, a los integrantes de la agrupación musical y los platos más exquisitos de su cocina, me proporcionaban una buena ventaja ante mis conquistas, ya que me movía como pez en el mar y por supuesto aquello me funcionaba.

Desde mediados del año ochenta y ocho había comenzado a trabajar en la empresa de abastecimiento al turismo ubicada en los bajos del restaurante Moscú y recuerdo el fatídico día sábado del año ochenta y nueve, que me encontraba en casa de una amiga con quien trabajaba por entonces y vivía en la calle L y 19 del Vedado. Era un fin de semana y habíamos quedado para compartir un “arroz imperial”, plato que ella sabia cocinar como nadie. Sentados en el balcón del 6to piso que habitaba, escuchamos las sirenas de los bomberos bajando por la calle 23 en dirección al malecón habanero y vimos una columna de humo que se elevaba desde uno de los edificios cercanos a la calle Infanta, lo que no podíamos saber era que el incendio se había propagado desde nuestra empresa a todo el edificio, siendo el más afectado el restaurante que se encontraba en obras de rehabilitación.

Bajamos por 23 en dirección a la calle P y ya en el camino escuchábamos a los que aseguraban que se quemaba el Moscú, lo que nos hizo preocupar aún más por la suerte que podía correr nuestra empresa. Llegamos a la puerta de ABATUR, en la que el custodio, un hombre ya mayor, muy asustado, nos puso al corriente de lo que él creía podía estar pasando en el piso superior. Subimos la escalera corriendo y al fondo del pasillo vimos una lengua de fuego que salía desde una de las oficinas y que en cuestión de segundos creció tanto que comenzó a avanzar en nuestra dirección. Nos dimos cuenta que ya allí nada podíamos hacer, bajamos buscando la puerta y llevando con nosotros a nuestro custodio quien era un manojo de nervios. En la calle los bomberos se centraban en sofocar las llamas que salían por el techo del Moscú, avisándoles que el fuego estaba en el segundo piso de nuestra empresa y que por supuesto desde fuera no se veía. La razón la supimos después de extinguido el incendio que duró hasta muy entrada la medianoche. El piso de madera del restaurante había sido levantado para ser cambiado, razón por la que quedaba un orificio bastante grande que permitía que desde el piso superior de ABATUR, se podía ver el Moscú a través del techo de una oficina que permanecía cerrada por las obras que arriba realizaban y que un bebedero en el comedor de los obreros del restaurante caía una gota hacia abajo lo que al contacto con cablees eléctricos en la pared pudo provocar el corto circuito que iniciara el fuego arrasador.

Así fue como perdí muchas cosas personales de valor que estaban en mi escritorio y el lugar de trabajo donde mejor lo había pasado en años, para comenzar el peregrinar de la empresa por edificios provisionales que nos acogían temporalmente. Hasta llegar al edificio 42 de La Habana del Este donde permanecí un tiempo hasta que me trasladé a la ciudad de Colón de la provincia de Matanzas donde tuve que comenzar una nueva vida laboral.

Con el incendio de aquel lugar se cerraba uno de los tantos capítulos de la vida habanera, un golpe tan duro del que la ciudad nunca se recupero, era el comienzo de un periodo muy triste de destrucción que llega hasta nuestros días. El día del siniestro que devastaba un importante ciclo de mi vida no pude disimular las lagrimas, pero “El Moscú” no creyó en ellas.


 
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