El Coppelia - El Rincon Cubano

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El Coppelia

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Los recuerdos también tienen sabores.
La heladería Coppelia de la Habana.
Por Oniel Moisés Uriarte.

En los veinte años que llevo viviendo fuera de Cuba y en los diversos países que he podido visitar, he probado todo tipo de helados y sabores, pero tengo que reconocer, que el sabor de los helados Coppelia que me traje en la memoria, en algunos casos, como los sabores del helado de malta o el de choco-menta, por los que siempre tuve preferencia especial, nunca más he podido disfrutarlos.

Fue en 1965 cuando se inauguró oficialmente en el Km 7 1/2, de la Avenida Rancho Boyeros la fábrica de Helados Coppelia en la que se producían inicialmente 54 sabores del helado Especial de Crema Coppelia, un helado con un 18 % de grasa y de un gran valor alimenticio. 
Fue al siguiente año cuando se inaugura la heladerí Coppeliaa, la que pronto se ganara en toda Cuba el apelativo de “La Catedral del Helado”, ofertando 26 sabores y 25 combinaciones. Ubicada en la céntrica Rampa del Vedado, y ocupando las calles 23, 21 y K. Su construcción simula una araña gigante con un área central bajo techo, y dos alturas y de la que se desprenden varias áreas al aire libre.

Coppelia, además de haber sido el mejor lugar en La Habana donde podía degustarse un buen helado, fue el lugar de encuentros, en el que se citaban los jóvenes para lucir la última moda y los menos jóvenes acudían con los más pequeños de la casa, pero también fue cuna del movimiento de la nueva trova y cita obligada de intelectuales y artistas. Como es de destacar que fue también un punto de referencia del movimiento hippie en los años 70.
Inolvidables son aquellos exquisitos Sundaes, La copa Lolita, El Turquino, La Canoa, La ensalada y los sueros, por solo mencionar algunas de las combinaciones que se ofertaban por entonces, la más preciada recompensa que podía alcanzarse, tras largas horas de espera, en las interminables colas que había que hacer para entrar a sus áreas.

Durante muchos años fui, junto a mis más cercanos amigos, asiduo visitante del Coppelia, los domingos. Salíamos temprano al caer la tarde y terminábamos allí, en aquel acogedor lugar, por lo regular, desde las nueve de la noche, hasta la 1.45 hora del cierre. Íbamos de un área a otra mirando las filas, para descubrir entre las gentes a las jóvenes, con las que intentábamos ligar y si bien lográbamos el objetivo o no, de cualquier forma nos manteníamos con muchas ganas afrontando la jornada, las que casi siempre terminábamos haciendo la larga fila para subir al piso superior, el mejor premio consuelo, para un grupo de muchachos con muchas pretensiones y pocos recursos, con los que lograr una buena conquista.

Guardo un recuerdo muy especial de mis años de estudiante en la Facultad de Economía y años de trabajo en el Instituto Cubano de Radio y Televisión, en los que cualquier asunto a tratar, cita, encuentro romántico o sencillamente, el calor habanero, justificaban para marcar en una de las colas y tomar un refrescante helado. De aquellos tiempos me viene a la memoria un episodio que viví y que está muy relacionado a Coppelia, porque fue en una de sus áreas donde me sucedió.

Un día de junio del ochenta y tres, muy cerca de las seis de la tarde, cuando ya casi debía entrar a la facultad, llevaba poco más de media hora en la fila de una de las áreas al aire libre de Coppelia, cuando una voz muy conocida me pedía el último, al volverme me encontré con una de las sorpresas más agradables que en años había recibido. La voz provenía de un hombre alto, fornido y cercano a los cincuenta años, bien llevados, con algunas hebras de cana en su cabellera negra y elegantemente vestido, con una fresca guayabera blanca; era, nada más y nada menos que Julito Martínez, uno de los grandísimos actores que diera nuestra televisión.

No pude contener mi entusiasmo y me dirigí a él con mucho respeto y sobrada resolución, contándole que mi admiración por su persona venia desde muy pequeño, cuando protagonizara las aventuras que transmitía la televisión, El Zorro, época en que se creaba la Unión de Pioneros de Cuba y a la que como todo niño que arribaba a la edad de siete años se le iniciaba, a mí me tocó hacerlo en el conocido parque de La Normal, en Centro Habana, teniendo el honor de haberme puesto la pañoleta azul y blanca que se usaba por entonces, el mismísimo Julito Martínez, vistiendo la ropa de su personaje de “El Zorro”.

Con el carácter afable que siempre le caracterizó y haciendo como que miraba para todos lados, a la vez que se llevaba el dedo índice a la boca, Julito Martínez me decía: < bajito hombre, que nos descubren los años que tenemos>. Como premio para mí, que me parecía mentira haber podido hablar con él fuera del recinto de la televisión, fue el hecho que compartiéramos la mesa en Coppelia. De aquel encuentro surgía una amistad con Julito con quien tuve la oportunidad de compartir en varias ocasiones y visitarle en unas vacaciones que disfrutara en su natal Quemado de Güines. Coppelia, el de mis años de adolescente, el de mi época de estudiante en la universidad y mis años dentro del mundo de la farándula, como se decía en aquellos años, me había dado muchas satisfacciones, aquella, una de las satisfacciones más importante que podía recibir un joven que como muchos crecimos con la ilusión de ser como nuestros héroes de la pequeña pantalla.

Tal vez, la escena más importante del filme cubano “Fresa y Chocolate”, haya inmortalizado al Coppelia de una época que ha marcado la vida de varias generaciones de cubanos y cubanas, pero si esta película no se hubiera rodado en sus áreas, de cualquier manera, el recuerdo de sus mejores tiempos, nos acompañara a cubanos y cubanas por siempre donde quiera que estemos porque como los helados Coppelia, nuestros recuerdos también tienen sabores.

 
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