Don Ramón - El Rincon Cubano

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Don Ramón

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La mansión que habita en mí.
Donde Consultoria Juridica hoy.
Por Oniel Moisés Uriarte.

Reza un viejo dicho popular, “Recordar es volver a vivir” y lo mejor de todo es que recordando se puede viajar a través del tiempo y el espacio totalmente gratis y en clase preferencial. Que el presente sea confortable no quita para que todo lo antes vivido haya sido penoso, difícil y abundante en carencias. Pudo serlo, pero si de ello extraemos lo mejor de cada momento vivido, el viaje a nuestro ayer se hace mucho más placentero. Justo eso es lo que hoy intento hacer en este regreso virtual a la tierra que me viera nacer.

Seguramente que de las personas que lean este post, alguna o alguno conozca la casona marcada con el número 314, en la calle 16 entre 5ta y 3ra de Miramar en La Habana, a la que haya asistido para realizar un trámite legal o migratorio, ya que en esa edificación se emplaza desde hace algunos años, Consultoría Jurídica Internacional.

Pero antes, muchos años antes, esa casa fue propiedad de una de las personas más acaudaladas e influyentes de Cuba, miembro de una familia que formaba parte de la alta burguesía cubana cuyo nombre fuera Ramón Blanco Herrera, quien junto a su hermano Julio regentaban la fábrica de cervezas cubanas La Tropical.

A mediados de los años noventa, justo unos días antes de salir de Cuba tuve que hacer allí un documento legal en compañía de la que en breve sería mi esposa y con la que me radicaría en Argentina. Con ella recorrí casi toda la superficie de aquella inmensa casa de dos plantas, sorprendiéndose cuando le describía lo que iba a encontrar en cada una de las habitaciones frente a la que nos deteníamos, lo que ella no sabía es que yo conocía al detalle cada centímetro de aquella casona, porque fueron muchos años de mi niñez y algunos ya de adolescente, los que pasaba en ella los fines de semana.
Mi padrino, quien me bautizara al nacer, un año antes se había casado con Deysi, la ahijada de Don Ramón y vivían en aquella mansión habanera, razón esta que me permitiera conocer al venerable anciano y compartir en familia hasta el último de sus días.

Recuerdo muy bien aquella casa en los que tan buenos y agradables momentos viví. Me viene a la memoria que al fondo de la casa se encontraba la sala de la televisión donde Ramón pasaba horas y en la que muchas veces le hicimos compañía viendo películas familiares filmadas años antes, o la biblioteca ubicada a la derecha entrando desde la calle al salón principal de la casa, en la que cada vez iba descubriendo un mundo nuevo para mí a través de las ilustraciones que devoraba ansioso de las muchas enciclopedias que contenían los altos estantes de caoba protegidas por puertas de cristal. Arriba en el segundo piso, en una habitación muy espaciosa, había un tren eléctrico al que Raulito mi padrino me enseñara maniobrar con los mandos para desplazarle entre montañas, ríos, y pequeñas ciudades que conformaban la maqueta sobre la que descansaba. También recuerdo muy bien el más curioso de los baños de la casa cubierto por azulejos negros, la espaciosa escalera de caracol en mármol blanco, la chimenea al centro de la sala, el gran espejo que cubría toda la pared del fondo del salón principal, el reloj que a cada hora dejaba escuchar sus melodiosas campanadas y la estatua de la Venus desnuda en el comedor presidiendo un larga mesa. Recorro en este viaje cada rincón de aquella casa en la que respiraba felicidad y donde siempre me sentí libre.

Pero de todo aquello que viviera en esos años lo que más me gustaba era cuando viajábamos en el flamante Chrysler Imperial negro, en el que la puerta trasera se abría al contrario que la delantera, haciendo más fácil la maniobra de subir y bajar a Don Ramón en su silla de ruedas, ya que por entonces no caminaba. Hoy le recuerdo como si estuviera frente a mí, le recuerdo en su cuerpo menudo, limpio y cuidadosamente vestido, su cabellera blanquecina bien peinada, sus largas y huesudas manos suaves y su mirada vidriosa repleta de satisfacción. Me recuerdo viajando rumbo al pueblo de Cojimar para subir a un yate en el que el patrón, un viejo marinero de la zona, me sentaba en sus piernas para que maniobrara el timón a través de rio. O las visitas a la finca en San Nicolás de Bari, donde comíamos a la luz de la luna rodeados de más de quince enormes perros que custodiaban el ganado.
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Bonitos recuerdos de aquellos años y de aquel buen hombre que no por amasar una gran fortuna dejó de ser bondadoso y familiar. Quienes indaguen en su vida podrán comprender el por qué de su carácter afable, lo que hizo que su vida, después de tantos años de incansable trabajo, terminara de forma apacible, rodeada de seres que le quisieron y cuidaron hasta el final.

Don Ramón Blanco Herrera vivió hasta la mitad de los sesenta, fecha en la que yo contaba siete u ocho años, tiempo suficiente para aprender a quererle como le quisieron mis siempre queridos Deysy y Raulito, y Marlene su hija mayor para quien Ramón era su abuelo. A ellos agradezco eternamente el gran privilegio de crecer en armonía con lo material y lo espiritual, pero también por enseñarme a valorar a través del contraste de lo que es tener y lo que es querer.


 
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