Balsero - El Rincon Cubano

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A la espera del que bregaba en el mar.
Cuando las balsas poblaron las costas.
Por Oniel Moisés Uriarte.

En el mes de agosto del año 94, La Habana era un hervidero de gente transitando hacia las costas, unos, muy entusiasmados por echar al mar las balsas que construían, con el fin de marchar rumbo a los Estados Unidos, otros, muy preocupados y tristes, a despedir a sus familiares y muchos, los que sorprendidos por el hecho de que se abrieran las fronteras, acudíamos solo como espectadores. Fueron días interminables en aquella Habana en la que hasta el clima se volvió inclemente. De sol a sol, o bajo la lluvia, por las arterias principales de la capital, rodaban vehículos, transportando las más diversas formas de aquellos artilugios creados para hacerles flotar en el mar. Bidones convertidos en flotadores se adherían a cuanto pudiera sostener personas, cámaras de tractores infladas y revestidas con redes, botes 
con altos palos y velas de lonas de los más disimiles grosores y tipos, rústicos catamaranes, construidos con los más insospechados materiales, todo aquello, interminablemente, se veía pasar en busca del mar.

Por entonces vivía en la zona 5 de Alamar y el balcón de la casa quedaba mirando hacia la desembocadura del río Cojimar, lugar desde donde pude ser testigo presencial, del momento uno, que se diera la orden a los guardafronteras de no detener a nadie que saliera buscando mar abierto y ver como salían miles de personas por aquel punto de la costa, remando con todas sus fuerzas, como temiendo que si no lo hacían, podían perder la oportunidad de aquel momento o que una contraorden paralizara el éxodo masivo de cubanos hacia los Estados Unidos por aquella vía.

De aquellos días guardo una anécdota que me acompaña desde entonces y muchas veces que ha salido el tema de los balseros del 94, siempre la cuento entre amigos y hoy me gustaría que ustedes la conocieran también.

Mi barbero por aquellos años, era un vecino del edificio al que llamábamos “Papote”, con quien mantenía una estrecha relación de amistad casi como de familia y muy en especial con su pequeño hijo de tres años, que por deferencia a su padre le llamábamos “Papotico” y que me decía, que yo era su tío. Pues resulta que Papote comenzó a criar un puerco de la raza canadiense, una de las que más crece en su especie. Lo hacía en la parte de abajo del edificio y este a los seis meses ya había crecido hasta alcanzar el increíble peso de 300 kilos, metro y medio de altura y dos metros de largo, diciéndonos siempre, que en diciembre le sacrificaría, vendería una parte y la otra seria para celebrar la noche buena y fin de año.

Pero hasta esas fechas no llegó el animalito que ya no cabía en la cochiquera que Papote le construyera, al punto de dormir parado porque no tenía espacio para echarse. Entonces de la noche a la mañana, en pleno apogeo de aquellos días de agosto, un día desaparecía sin dejar rastros, todos creímos la versión del robo, a pesar de las muy seguras medidas que este le tenía puesta a la jaula construida con cabillas soldadas y tapiada con planchas de hierro. Pero bueno si él lo decía había que creerlo, porque revuelo se escuchó la noche anterior a la desaparición del animal, lo que hacía pensar que el robo había sido posible. Pero resultó que al día siguiente aparecía, como por arte de magia, un carromato que se veía muchas veces por el barrio, tirado por un vieja mula, en el que paseaban los muchachos, por el precio de un peso. Un poco sorprendidos todos por aquella aparición y por el hecho de que Papote lo trasladara al interior de la finquita que tenía un poco más abajo del edificio. Cosa esta de la que ya nadie más se preocupó.

Un día, ya muy cerca del final de agosto, me estaba cortando el pelo en el salón que se había montado Papote en la sala de su casa, cuando en medio del corte le llamaron desde abajo, se asomó por la ventana, respondía y al acercarse a mi me dijo <vengo ahora>

Pasaron más de 15 minutos y este no aparecía, le pregunté a Dalila, su mujer, si sabía por qué demoraba Papote, y esta envió a Papotico a que le buscara abajo, donde se suponía que estaba hablando con alguien. Subiendo este a los pocos minutos y casi haciendo pucheros le decía a la madre < me dijo Linares que Papote se fue>.

El hecho de decir al nene que Papote se había ido, era literal, se había ido rumbo a Cojimar con el carromato convertido en balsa, justo el ultimo día que la marina norteamericana permitirá llegar directamente a sus playas, ya que a partir de ese momento se interceptarían a los balseros para ser trasladaos a la base naval de Guantánamo. Una salida muy arriesgada ya que se anunciaba para esa noche un fuerte temporal, además del que causaba la repentina partida en su familia y que en aquel arriesgado viaje acompañaba a Papote el hijo mayor de su mujer, al que este había criado desde muy pequeño y ya era un adolescente.

Fueron días de incertidumbre, de larga espera y desespero por tener noticias de los dos, hecho que por suerte se produjo al quinto día de la salida, mediante los nombres que se citaban de todos los que llegaban a tierra firme a través de una radio transmitiendo desde Miami. Papote había llegado con su hijastro sano y salvo a los Estados Unidos y aunque a mí me dejara a medio pelar, casi con un corte a lo “moicano”, diciéndome <ahora vengo>, lo que no me dolió en lo absoluto, ya que me dolió mucho más que tomara aquella decisión tan drástica de irse sin dar un beso siquiera a su hijo, que bien sé, de haber subido a despedirse, nunca hubiera tenido valor para marcharse.

Este quizás sea uno de los capítulos más tristes de los que hemos vivido los cubanos, del que muchas historias de alguna forma guardamos todos, por haberlas vivido en carne propia.

 
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