3 mosqueteros - El Rincon Cubano

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3 mosqueteros

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Lo que nunca falto en la cocina cubana.
Los tres mosqueteros, chícharo, arroz y pescado
Por Oniel Moisés Uriarte.

Un chiste de mal gusto rezaba en la Habana por la década del setenta, ¿Cuál es el barco más grande que ha entrado a Cuba? - La respuesta: el barco cargado de chícharos, porque no se acababan nunca.

Esta legumbre tan popular entre los cubanos y cubanas de aquella época, formó uno de los tríos más famosos en la deficiente cadena de alimentación del pueblo. No había comedor obrero, escolar, de hospital o unidad militar, donde no estuviera presente el popular trio muy conocido por “los tres mosqueteros”, integrado por el potaje de chicharro, el arroz blanco y el pescado, regularmente del tipo jurel, de color oscuro y sabor a aceite de hígado de bacalao. Hubo un momento de aquella época que a diario solo se podía encontrar este menú donde 
fueras. Por entonces estudiaba en la recién creada Escuela Vocacional de Monitores y Círculos de Interés, Vento Secundaria, ubicada en el barrio de El Laguito del municipio Playa. Se suponía que por el plan de estudio especial y la selección de los alumnos que la integraban, todos con promedios altos en las notas escolares, la alimentación también sería especial, algo muy lejos de la realidad.

Los tres mosqueteros permanentemente aparecían en las bandejas de aluminio en las que se nos servía la comida. Por más que pusiéramos mala cara a los cocineros al recibir aquella invariable dieta esta ni se inmutaban, lo que había era lo que había, o lo tomabas o lo dejabas. De aquellos años heredé una gastritis crónica que me ha acompañado a lo largo de toda mi vida, adquirida gracias a tanto aceite contenido por aquel pescado que nunca pude asimilar y que consumía por puro sentido de conservación. Tal vez por esa razón desde entonces no sea el pescado algo que me guste incluir en mi dieta.

Recuerdo una anécdota de por entonces que bien ilustra lo que significara para mi aquella dieta forzada durante toda la etapa de estudiante de secundaria.

Llegada la etapa de la escuela al campo nos trasladamos a un campamento muy cerca del pueblo de Artemisa, lugar donde teníamos la esperanza de una mejoría en el menú diario, pero nada más lejos de la verdad. Desde el mismo día de la llegada al campamento, el aire se enrareció con los efluvios de aquel olor que ya conocíamos de sobra.

Después de una jornada en la que bien temprano en la mañana habíamos salido a trabajar en el campo, regresábamos caninos, con un hambre que sobrepasaba cualquier limite normal para un adolescente de nuestra edad. El solo hecho de saber que tenía que comerme aquella combinación me revolvía el alma.

Supimos entonces que el cocinero, un hombre de la zona se había sentido descompuesto y tuvieron que llevarle al hospital del municipio, razón por la que su ayudante, una señora muy dispuesta, también de la zona, tuvo que asumir la tarea que su compañero dejara inconclusa, terminar de elaborar el almuerzo de ese día.

Para sorpresa nuestra, desde la cocina se escapaba un aroma totalmente diferente al que ya estábamos acostumbrados a respirar en ese horario del mediodía, un agradable olor a comida elaborada con una buena sazón. Algunos de los más atrevidos nos acercamos al comedor, un poco incrédulos y con la sospecha de que aquel olor fuera de algún menú especial, preparado para alguna visita o para los profesores, que tenían su propio comedor. Muy lejos de la verdad estábamos, aquel agradable olor provenía de la comida que ese día íbamos a consumir, fruto de la buena mano de una mujer deseosa de hacer las cosas bien con los pocos recursos que contaba a su alcance. Cuando tuve la bandeja metálica en mis manos lo pude comprobar, cuando probé la comida me convenció totalmente.

Aquella mujer no había hecho nada nuevo, ni había inventado una forma de cocinar diferente, solo el instinto de alguien que sentía la responsabilidad de hacer las cosas bien, para disfrute de aquellos para quienes trabajaba, era su motivación personal. Solo el azar nos dio la oportunidad de descubrir su valor y capacidad, lo que de forma espontánea todos, sin excepción de ninguno de los alumnos, incluidos los profesores que al sentir los aplausos que cada vez cobraban más fuerzas, se acercaron y nos acompañaran en el reconocimiento.

El menú de aquel día no había variado en lo absoluto, “Los tres mosqueteros” estaban presentes en nuestras bandejas, pero con sabor totalmente diferente y una presentación agradable a la vista. Esas razones bastaron para que la petición de que aquella humilde mujer con sobrados deseos de hacernos sentir un poco mejor y aliviarnos del castigo de una comida mal elaborada, se quedará definitivamente como nuestra cocinera oficial durante el tiempo que durara la etapa de la escuela al campo.

En principio costó un poco de trabajo, pero finalmente, dada la presión hecha por alumnos de mucho peso, por ser hijos de reconocidos funcionarios y dirigentes del gobierno, nuestra directora tuvo que aceptar el reclamo de padres y alumnos, hecho que nos diera la oportunidad de sentirnos mimados por aquellas manos, que, en la cocina hacía milagros con los pocos recursos que contaba, pero que no la amilanaban, todo lo contrario, le hacía crecer cada día.

Los beneficiados, que definitivamente éramos nosotros mismos, aprendimos la lección que nos diera aquella mujer, cuando se quiere se puede y que con poco se puede hacer mucho siempre que se ponga interés, buenas ganas y deseos de hacer bien las cosas. Pero también algo muy importante, era la primera batalla que un grupo de adolescentes ganábamos a la férrea dirección de la escuela, fruto de la constancia y la unión de todos los que no nos negábamos a que “Los tres mosqueteros”, el chícharo, el arroz y el pescado, estuvieran presentes en nuestra dieta, pero al menos mejor vestidos.


 
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